lunes, 17 de marzo de 2014

Alvaro Cepeda Samudio









"Hay veces, créemelo, que esta vaina de morir asusta".
Carta de Cepeda Samudio a Daniel Samper  Pizano.




Esta última semana, como los últimos dos años, hemos estado  de  la clínica a  la casa, de la casa a la clínica, acompañando a nuestra madre quien lucha contra un cáncer, como muchos en esta ciudad, en este país,  en este mundo. Dentro de las lecturas que llevamos para soportar las largas jornadas nocturnas, tuvimos la oportunidad de releer una antología del escritor colombiano Álvaro Cepeda Samudio. Un libro que durante mucho tiempo (podríamos decir toda la vida,) ha estado en nuestros estantes de libros. Nos referimos a la edición número 22 de 1977 del Instituto Colombiano de Cultura (la famosa, la  de los búhos en la portada)  la misma que paso de manos de nuestro padre a las nuestras. 

Con tanto cáncer que nos ronda últimamente y  ya acostumbrados a vivir con él, sin dramatismo,  sin escandalizarnos con mencionarlo, sino con el realismo que lo merece,  recordamos que fue esta misma enfermedad  la que no dejó que Cepeda Samudio pudiera producir sus tantos guiones para cortometrajes pendientes.


En honor suyo y apreciando su obra, decidimos hoy  vestirnos de payaso y matar  un par de gaticos, para recordarlo. 


VAMOS A MATAR A LOS GATICOS


“Vamos a matar a los gaticos ­—dijo Doris—, vamos a matarlos. Yo sé cómo se hace, vamos a matarlos”.
“No, todavía no”.
“Pero tú dijiste que los íbamos a matar apenas nacieran —dijo Martha—. Tú dijiste que teníamos que matarlos para evitar que los regalaran”.
“¿Cuántos son? —preguntó Doris”.
“No sé: parece que hay cinco”.
“¿Dónde están?” —preguntó Doris.
“En el último cuarto. Los pusieron en la caja donde dormía Teddy”.
“¿Son bonitos?” —preguntó Doris.
“Yo no sé, yo no los he visto todavía. Pero sé que ya nacieron porque esta mañana lo estaban diciendo en la cocina”.
“Vamos a verlos” —dijo Martha.
“No, ahora no: después. Vamos a subirnos al techo”.
“Vamos —dijo Doris— y jugamos a Tarzán, ¿quieres? Bueno. Voy a buscar las cosas”.
“Yo no juego —dijo Martha”.
“¿Por qué no quieres jugar?”
“No puedo —dijo Martha—, yo no puedo subirme al techo”.
“¿Por qué no puedes subirte?”
“Tú sabes” —dijo Martha.
“Ella tiene miedo —dijo Doris—, vamos tú y yo”.
“Yo no tengo miedo —dijo Martha—, es que me da pena”.
“Vamos Doris, ella nos espera aquí”.
“Miedosa” —dijo Doris.
“Yo no soy miedosa —dijo Martha—, es que me da pena”.
“¿Por qué te da pena?” —preguntó Doris.
“Déjala ya, Doris”.
“Yo no tengo pantalones” dijo Martha.
“Ahora se lo voy a decir a mamá —dijo Doris—, ayer también viniste sin pantalones. Yo te vi”.
“Tú sabías que no tenía pantalones. Tú me dijiste. Y ahora quieres jugar a Tarzán” —dijo Martha. 
“Cuando volvamos a la casa le voy a decir a mamá que tú le dices a Martha que no se ponga pantalones” —dijo Doris.
“Vamos a matar a los gaticos”.
“Vamos” —dijo Doris.
“Si se lo dices no los matamos” —dijo Martha. 
“¿Se lo vas a decir, Doris?” 
“No —dijo Doris. Vamos a matar a los gaticos. Entren”. 
“¿Para qué cierras las ventanas? —preguntó Doris. 
“Para que ella no se salga. Tráeme esa tabla, Martha”. 
“Tenemos que sacarla de la caja porque de pronto se pone rabiosa y nos muerde” —dijo Doris. 
“No, ella no muerde. Sostén la tapa mientras yo los saco”. 
“¿Cuántos hay? —preguntó Doris. 
“Cuatro nada más”. 
“Abre la ventana, yo no los veo bien. ¿Son bonitos?” —dijo Martha. 
“Sí, son bonitos. Hay dos negros y dos grises”. 
“Yo quiero llevarme uno negro” —dijo Doris. 
“No, hay que matarlos a todos. No te vas a llevar a ninguno. Yo dije que los iba a matar a todos. Mira, así: apriétalos por el cuello así, ¿ves? Apriétalos bien fuerte por un momento. Es fácil”. 
“¿Ves? Este ya está muerto. Mata tú este otro”. 
“Mata este tú, Martha, yo mato mejor el gris” —dijo Doris. 
“No, yo me voy, yo no quiero matar ninguno” —dijo Martha.
“No tengas miedo, no te van a morder. ¿No ves que ni siquiera tiene dientes?” 
“No, yo no quiero matar ninguno” —dijo Martha. 
“Suelta ese ya, Doris, ya está muerto. Mata este otro”. 
“No los maten, no los maten” —gritó Martha. 
“Cállate, cállate, cállate. Sostén la tapa, Doris”.
“¿Qué vas a hacer?” —preguntó Doris. 
“A ponerlos otra vez dentro de la caja”. 
“Por qué no los enterramos en el patio y les hacemos procesión —dijo Doris—. ¿Quieres que traiga tres cajitas de cartón?”. 
“Yo tengo en la casa un montón de cajitas” 
“No, vamos a ponerlos en la caja otra vez. Falta uno. ¿No has podido matarlo todavía, Doris?”. 
“Yo no quiero matar al negrito” —dijo Doris. 
“Dámelo acá. Apura, Doris, dámelo”. 
“Dáselo, Doris” —dijo Martha. 
“Salgan. Cierra la puerta, Martha”.
“Vamos a subirnos al techo, dijo Doris”. 
“No, hace mucho calor”. 
“Pero yo quiero unas guindas. Tengo hambre” —dijo Doris. 
“En la nevera hay galletas. Ve y tráelas”. 
“¿Por qué lloras? —preguntó Martha. 
“Yo no estoy llorando”. 
“Sí estás llorando” —dijo Martha. 
“No me molestes”. 
“Tú no querias matar los gaticos” —dijo Martha. 
“Sí quería”. 
“No tengas miedo. Doris no le dice nada a Mamá” —dijo Martha. 
“Yo no tengo miedo” “¿Entonces por qué estás llorando?” —dijo Martha. 
“Por nada, por nada, por nada”. 



Álvaro Cepeda Samudio
Todos estábamos a la espera







Alvaro Cepeda Samudio.
Escritor y periodista costeño (Ciénaga, Magdalena, marzo 30 de 1926 - Nueva York, octubre 12 de 1972). Cuentista y novelista, Alvaro Cepeda Samudio hizo los estudios secundarios en el Colegio Americano de Barranquilla, y en 1949 viajó a Estados Unidos a estudiar periodismo en la Universidad de Columbia, en Nueva York. En 1951 regresó a Barranquilla, y trabajó como corresponsal de The Sporting News. En 1955 se casó con Teresita Manotas. Como periodista y gran apasionado de los deportes, cubrió eventos deportivos para el periódico El Nacional; en 1951 tuvo una columna en la página editorial de El Heraldo, titulada "La brújula de la cultura"; y fue director del Diario del Caribe. Participó, como guionista y actor, en el cortometraje La langosta azul, al igual que en otras películas cortas y en un noticiero de cine, y organizó el Cine Club de Barranquilla.

miércoles, 5 de marzo de 2014

Prejuicios parroquiales hacia la literatura femenina




 Por: Fadir Delgado Acosta 

Normalmente el machismo en la literatura se relaciona con las miradas injustas que han recibido las obras de mujeres o con el hecho de que muchas de esas obras terminan siendo desdibujadas o condenadas a existir como referentes menores en el escenario de la escritura y hasta en el propio acto de la lectura. Inalu Ocoa, un amigo escritor, me confesó que todos sus autores de cabecera son hombres y que cuando se encuentra un libro de alguna mujer siempre lo abre con algún recelo. Hizo esta revelación con cierto aire de vergüenza, y no era para menos. 
Esa realidad ha sido tema de discusión en espacios académicos y culturales, en donde también se ha debatido sobre el afán de rotular la literatura en femenina o masculina. Pero no puede haber una escritura de mujeres, porque como bien lo dijo Hortensia Moreno: “ni ellas mismas son idénticas, por ello cada una y cada uno tiene diferentes formas de explicar su realidad (…) Hay marcas, pero no provienen de la genitalidad, ni de la testosterona, sino de la experiencia”.
De igual forma existe una cierta costumbre en adjudicarles a las escritoras temas y tratamientos iguales.
–No escribo poesía erótica –me decía Lilian Pallares, una escritora radicada en Madrid, que manifestaba estar cansada de que los hombres de las letras la tuvieran en cuenta para lecturas y antologías cada vez que abordaban dicho tema, y que hicieran todo lo contrario cuando se trataba de eventos literarios con otras líneas temáticas.
–¿Cómo que no tienes poesía erótica, si tú eres muy sensual? –le refutaban aquellas personas. Guardando las diferencias, ese prejuicio trae de regreso las épocas pretéritas cuando las únicas obras permitidas al sexo femenino eran las de misericordia y caridad.
Toda esta lógica se traslada muchas veces a los mismos libros narrativos, cuando nos encontramos a un personaje femenino descrito con una especie de flacidez reflexiva, y al masculino como su guía intelectual.
Pero existe otra orilla en donde el machismo también muestra sus dientes, y de la cual poco o nada se habla en producciones escritas o en escenarios literarios. La otra orilla es la presencia de la mujer escritora en el mundo de las letras, no desde su obra, sino como sujeto social que opina, que debate, la mujer como sujeto crítico y reflexivo.
Independiente de su género, un ser humano que experimente en cualquier territorio creativo posee una forma particular de desarropar el mundo, pero ese derecho parece costarle más a la mujer que al hombre.
Señalamientos cotidianos hacia el sexo femenino que abundan en la calle o en cualquier círculo tradicional invaden también el mundo literario; señalamientos que recuerdan los chismorreos de cualquier esquina de la urbe. Es común ver que dos o más escritores se reúnan para conversar, y nadie duda que lo hagan para debatir sobre literatura, del espíritu del mundo, de sus contradicciones y aciertos.
En cambio, para la mujer el escenario es diferente; el mismo que sufre en los contextos tradicionales. Si la mujer se reúne con otro escritor en la misma dinámica de los hombres antes mencionada, la lectura es otra. No hablan de literatura, no reflexionan sobre lo ideal y lo real del mundo: tienen una aventura amorosa. En algunos casos al contertulio no le inquieta negarlo y de ese modo alimenta el prejuicio. Eso hace suponer que con una mujer no se puede tener el mismo nivel de conversación, que con ella más bien se pasa a otro nivel prosaico y falto de imaginación.
Este triste escenario termina confirmando que hoy continúa la exclusión y el histórico señalamiento moral hacia el sexo femenino. Y lo más abrumador: el ejercicio de la escritura no logra exterminar esos prejuicios parroquianos de los hombres literatos. Por eso es común que en alguna de sus reuniones no falte la especulación sobre la vida amorosa e íntima de una escritora.
Se dirá que este es un lugar común en cualquier grupo social, y es cierto; pero resulta decepcionante cuando sucede en un medio que supuestamente debería estar revestido por la piel del arte y su visión abierta; consciente de los matices y de los infinitos tejidos de la vida. Pero esa condición humana del arte parece no existir al interior del mundo de las letras, lo cual va anulando la idea de esperar que el tiempo se libere de algunas de sus tantas ruinas.
No es extraño escuchar que cuando una autora ofrece una lectura pública, algún escritor que no ha salido de esa aldea malsana y reducida pregunte por sus atractivos físicos, e ignore el trabajo literario y la búsqueda creativa que ella pueda tener. Lo mismo sucede cuando un escritor reseña, prologa o manifiesta públicamente una apreciación sobre la obra de una mujer, de súbito otros comienzan a tejer especulaciones y sueltan expresiones irresponsables sobre la “verdadera relación” entre ella y la persona que realiza dicha reflexión. Como si la obra de una mujer no mereciera ningún juicio de valor.
Esa mirada sexista se refleja también en ciertas biografías de las escritoras. Para hablar de sus obras, jamás falta el comentario de quién fue su amante, su marido o qué hombre le dio el espaldarazo. En algunas informaciones biográficas se dice que Lou Andreas-Salomé enamoró a Rilke y a Nietzsche, o de manera frecuente las primeras líneas que se encuentran de Silvina Ocampo dan relación de su esposo Adolfo Bioy Casares.
Cuando hablo de Silvina no falta quien exprese: “Ah, ¿esa fue la amiga de Borges?”. Y es cierto que lo fue, pero también su nombre significa un referente importante en la literatura latinoamericana por esa sutileza de escritura que hace de lo cotidiano un hecho fantástico y con la cual nombra lo cruel y lo feroz.
Silvina le escribió un texto a Borges que en muchos lugares de la web lo presentan como el que “la mujer de Bioy Casares” hizo en homenaje al escritor argentino. Es como si Ocampo no fuera lo suficientemente soberana para que solo con su nombre logre sellar sus propias líneas. Y eso termina siendo una especie de evocación trasnochada de los tiempos en que las mujeres debían hacer firmar sus obras con seudónimos masculinos. Aunque cada uno de estos datos biográficos pudieran ser verdaderos, no deberían ocupar las primeras referencias de una autora. Aparte de que la información personal de un escritor no debería ser un valor supremo.
Repetir la lógica plana del mundo aleja a la escritura de sus posibilidades de deformar, reinventar y desobedecer a la realidad. La escritura no es un cuerpo inmóvil en una hoja en blanco; es una manera de vivir el mundo, de liberarlo de sus nudos, pero si el escritor no ha sido capaz de liberarse de los suyos, mucho menos lo hará su obra.

*****

Fadir Delgado Acosta Poeta Barranquillera, gestora cultural de la Fundación Artística Casa de Hierro en Barranquilla, desde la cual lidera proyectos culturales en el espacio público y en centros de reclusión. Autora deLa Casa de Hierro y El último gesto del pez. Sus textos han sido publicados en diferentes revistas literarias nacionales e internacionales. Invitada a encuentros culturales en París, Caracas, Quito, Canadá, Barquisimeto, La Habana y, recientemente, al Festival Internacional de Poesía de Lima.Ganadora de una Residencia Artística en Montreal por parte del Ministerio de Cultura de Colombia y el Consejo de Artes y Letras de Quebec, en el área de literatura. Ganadora de una convocatoria internacional de la Oficina de la Juventud de Québec para participar en un intercambio literario en esta Provincia. Fue reconocida como Joven Sobresaliente en el Campo de las Artes en Barranquilla y ocupó el primer lugar en poesía en la 6 Bienal de Noveles Escritores Costeños de Barranquilla.