lunes, 3 de junio de 2013

Breve escena de teatro, breve cuento, breve encuentro.


Miroirouge

Breve escena de teatro, breve cuento, breve encuentro. 





                                   Ilustración: Juan Pablo Molina.



Madre,  tú que has alcanzado la inmunidad de la carne, dime si acaso es pecado oler. Aspirar el pasado adherido al perfume de un hombre, en cuya  esencia habita el  sudor infectado  de mil mujeres,  mientras  bailas colgada a su cuello.

Cuéntame  si al dejarme arrastrar por las sospechas del instinto hasta el rincón más celoso del apetito, para entrar en él, desclasa, con cuidado de no despertar los demonios que moran en la piel, me condeno a un recorrido eterno por el paraíso de la lujuria. ¿Acaso hago mal al abrirle las alas al deseo?  ¿Al  querer deslizar como hilos invisibles mis dedos por su cabello buscando desnudar sus lóbregos pensamientos? ¿Es pecado, madre? ¿Me condeno al infierno al dejarme elevar con el recuerdo de ese aroma que entra  como helio hirviente  en más que mis pulmones?

Si lo que sentí aquel día, si todo esto que retumba en mis entrañas, si lo que hoy  persigue mi conciencia, si a este calor que me rodea se le llama pecado, entonces recibo mi penitencia, aun sin entender las leyes de una iglesia que jamás escogí.

 Antes de ir a la cama  arrodillarte al borde la cama. Junta las manos y pide al ángel de tu guarda que custodie tu sueño. Aprende de memoria el padre nuestro. Padre nuestro que estás en los cielos y todo lo ves y todo lo sabes aléjame de las tentaciones. Limpia mi memoria de los recuerdos de aquel día. Ata mis manos a esta pluma para que después de la poesía no puedan volar  más  allá de este espacio. Condéname a la quietud, a la mudez, a la esterilidad de las sensaciones.

Madre, tú que has caminado el desierto de los hombres esquivando sus arenas movedizas, háblame sobre ese padre al que le debemos todo, dime si me juzga por haber olido, por haberme dejado impregnar por el  bálsamo prohibido de la excitación. Padre, si todavía me escuchas, libérame de la danza. Desata esta cadena que abraza mi cintura al presentir sus manos sobre ella. Arde madre. Lastima.




                 Fotografía: Javier Sanchez  



Tú que has gastado  la mitad de tus días desatando los nudos de los prejuicios, dime si  al llevar esta carga  me entrego al peligro de querer perderme una y mil veces más en la turbulencia de  mares  teñidos en  ojos  llenos de trampas. ¿Acaso es pecado desear  bañarse en la sal de otro y sentirse cómodo con el ardor de su saliva cayendo sobre las heridas? ¿Corro así el riesgo de volverme esclava de  sus ojos caleidoscópicos? ¿A la persecución perpetua  de la  terquedad que concluye en el vacío? ¿Qué se siente madre? ¿Qué nos queda de la caída? ¿Perdemos movilidad en las extremidades? ¿Se quebrantan  nuestras alas? ¿Allí abajo se acaban los sueños? ¿Comienzan? ¿Duele madre? ¿Cuánto dura su dolor? ¿Tenemos conciencia de su peso? ¿Se anuncia su final? Quiero oler madre, me gusta oler y dejarme trastornar por la esencia de los hombres  que traen espinas. ¿Son venenosas verdad?

Tú que soportaste tantas, cuéntame  sobre el  antídoto. Descubre tus heridas. ¿Aún sangran? ¿Es verdad que las plegarias ayudan a cicatrizarlas? ¿O están tan abiertas como lo están ahora tus ojos mientras me escuchas?  Rompe este silencio que asfixia. Clama con una palabra cercana, amiga, el movimiento de la culpa en mis médulas. Interrumpe la música que altera la cordura.

Canto: Ella va triste y vacía llorando una traición por amargura, por aquel que le decía que era su amor y su locura”.



                                                                          Fotografía: Javier Sanchez  


Quiero oler, madre, invitarlo de nuevo a bailar para colgar mi nariz  a su veneno. Padre, tú  que estás en los cielos y   todo lo ves y todo lo sabes, cierra tus oídos. Madre tu que ahora lo sabes todo, guarda mi secreto.

Mientras el cura da la misa, guarda silencio. Levántate. Siéntate. Arrodíllate. Vuelve y levántate. Golpea tu pecho con un puño libre de orgullo. Presta  atención. Guarda silencio. No cruces las piernas. No te rías. Evangelio según San Mateo capitulo 4 versículos 5 y 6. Por mi culpa, por mi gran culpa, por mi grandísima culpa. Baña tu frente con  agua bendita para ahuyentar  los malos pensamientos.  

¿Quién bendice esa  agua madre? ¿Quién me dice si en realidad   lavará el pecado? ¿Cómo pueden  ser cosas del  demonio, encuentros tan nobles, cargados  de alientos traviesos y  tanta vehemencia?.

Me gusta oler madre, quiero oler, eternamente, hasta  desahuciar el sentido. Dejarme surcar  por  los aromas que reviven las fibras muertas de mi piel y volar  hacia mundos insospechados con su recuerdo. ¿Cómo fueron los tuyos? ¿A dónde conducían las rutas  trazadas en  sus caderas? ¿Qué transcribían las escrituras marcadas  en sus rodillas? ¿Cuál era el sabor del licor de sus besos?

¿Guardaba el amargo de las flores salvajes? ¿O el dulce de la primavera soñada? ¿Cuántas veces te embriagaste al beberlos? ¿Alguna vez lo invitaste   a rodar por tus pechos? ¿Tuviste miedo de morir sin probarlos por última vez? ¿Qué palabras alcanzaste  a escuchar mientras sus nombres se hacían dueños del tuyo? ¿Cuántas condenas guardas bajo la falda? ¿Nada en ti se mueve al escuchar mi confesión? ¿Al recordar la  voluntad de la carne cayendo sobre otra  carne?

Desde niñas nos  enseñaron a amar a dios sobre todas las cosas, incluso sobre nosotras mismas. Entonces si ese amor  es tan  perfecto porque no  nos salva de las preguntas que infieren  devastación.

En la semana sagrada no te bañes porque te vuelves pescado.  Apaga esa música. Guarda silencio. Presta atención al  sermón de las siete palabras: ALIENTO. CARNE. LENGUA. INSTINTO. PIEL. SALIVA. CALOR.   Padre por qué  me has abandonado. Tengo sed.
Yo quiero oler madre,  a  mi me gusta oler. Que alguien detenga esas campanas. No quiero más campanas. Yo sólo quiero oler. Arrastrar mi nariz por colinas desconocidas, ocultas en la nuca de los hombres, detrás de sus orejas que todo lo atienden, en sus barbillas que todo lo soportan, en su espalda que todo lo padece. Quiero  con  mi nariz caminar por sus secretos, aun si corro el riesgo de caer entre sus hiedras hasta  perder el aire.

Me gusta oler madre, acumular fragancias en la memoria y encontrar algo de mí entre sus células.

¿A también te gusta oler, verdad? Lo leo en  tu nariz ¿Cuantos polvos  aspiraste al cruzar la línea   que divide la santidad de la humanidad? Descubre tus dientes ¿aún tienes pedazos de la piel que comiste? No tengas vergüenza madre, no calles. Libera tu conciencia. Estás acostumbrada  a la penitencia y al  perdón. Por mi culpa, por mi gran culpa, por mi grandísima culpa. El que peca y  reza, empata. La contrición  purifica.

Dios te salve María llena eres  de gracias, escucha a tu hija. Creo en Dios padre todo poderoso creador del cielo y de la tierra, dale el  perdón a tu sierva. Ángel de la guarda mi dulce compañía no me desampares, no me dejes acercar al borde de la tentación. Cierra mi boca. Ata mis brazos. Vuelve de piedra mi piel. No permitas que las bestias que duermen en el fondo de un mar sin nombre se despierten.

Abre tu puño. No sientas miedo al reconocer el camino que anduviste en las palmas de tus manos. Sé que no aguantas más. Sé que a ti también te gusta oler. Sé que confundiste la devoción con el sacrificio, con el olvido. El amor todo poderoso con el propio. Nuestro padre sabrá entender. Si su corazón está hecho de tanta bondad como dicen, sabrá entender, si es bueno como dicen, conoce sobre el respeto.

Perdóname, Madre, perdóname por tratar de limpiar mi culpa con el desprendimiento de la tuya. Somos necias madre, egoístas. No te alejes. Frente a  quien más sino a ti y sólo hoy, puedo volcar mis pensamientos. Gracias, gracias por cubrir con tu mano tierna este instante.
¿Recuerdas  que cuando niñas gustábamos de  de cazar mariposas? Nos sentíamos dueñas de su color y tan sólo acumulamos muertes. ¿Eso también fue pecado? ¿Eso nos condeno a perder nuestro color? ¿A anunciar nuestra muerte? ¿Conservas aún tus diarios? ¿En ellos palpitan todavía las preguntas de aquel tiempo? Lo sé, fueron  pecados menores que se quedaron atrapados en la inocencia que también perdimos al reconocer los deberes de la carne.

Ya no somos las mismas. Ya no  creemos en discursos de princesas que olvidan zapatillas de cristal o que bailan con enanos. Tu y yo ahora sabemos que eso del fueron felices por siempre no existe y que la única eternidad que nos pertenece es la de la imaginación y  que para abrirle la puerta es necesario sentir, oler, tocar, Vivir Madre. Vivir, vamos a vivir.
Levántate de ese trono impuesto por otros e invitemos a los hombres a bailar para escarbar en sus cuellos. Coleccionemos de nuevo la muerte de los días que visita  el jardín, ahora con la  satisfacción de  robarles más que  sus colores. Quizás su tinta nos acerque a la libertad al servirnos como historias para los libros que también soñamos. ¿Acaso Dios nos puede juzgar por eso  también? Por derramar  nuestros más íntimos  deseos en los renglones de las hojas que el azar nos traiga?

No es blasfemia Madre, es creación. Y la creación nunca podrá ser castigada. Que lo diga él, que creó el mundo y todo lo que le carcome. Si fuera pecado sentir, si fuese pecado oler ¿entonces para que nos dio los sentidos y sus raíces? ¿Para qué abrió los umbrales de la sensibilidad? El mundo estaría mejor, de ser así, poblado por rocas.

¿Qué esconde tanto silencio tuyo, Madre? ¿Quieres que calle? ¿Qué me aleje? ¿Qué me arrodille y golpee mi pecho hasta cavar en él una fosa  donde esconder la verdad? No me des la espalda. Permite seguir viendo el reflejo cansado en tus ojos rojos  para reconocer en ellos  mis miedos. ¿Tengo salvación? ¿Existe la salvación? ¿O esa también  es un pretexto de nuestro padre para mantenernos ciegos frente a lo inevitable?

¿El perdón está en dejar que  la ostia de una  falsa comunión  se disuelva en tu lengua? Una falsa comunión, rito de un iglesia hipócrita  que profesa un amor perfecto que no existe?
El amor verdadero se encuentra cuando uno  resbala, en viajar los errores y en el alivio de saltar sus redes. No quiero ser una roca,  Madre, a mi me gusta oler y las rocas no  saben de fragancias.



Diana Carolina Daza Astudillo
Bogotá - Colombia