martes, 1 de abril de 2014

Hermanos en la red. Poesía joven de Paraguay.


Seré breve: Quiero compartir con ustedes una nueva sorpresa de la vida y de estos encuentros poéticos que tanto me persiguen y encantan; ahora en las calles de esta “red” que aparenta ser  tan fría y  superficial, pero que cuando se le da buen uso, nos acerca, nos emociona, nos permite visitar ciudades y acariciar rostros que aún no conocemos.


Dejo ante ustedes una selección de textos de Rolando Benegas, un jóven de Chore Paraguay admirador de Cesar Vallejo y  el vino  de la noche, que como él mismo se define “suma sus días verticales en el dolor”. Un guerrero, un hermano de esta latinoamérica, la casa de todos, que como dice calle 13:  “ese pueblo que no se ahoga en marullos y que si se derrumba se reconstruye”.  Aún no conozco el Paraguay, pero leer a Rolando es una hermosa forma de poder hacerlo.










LEJANÍA
Separado de tu cuerpo por kilómetros de espacio, pienso:
lástima que a veces la distancia equivoca sus víctimas.





CONFESIÓN
Desgajado de ti,
la raíz de mis días 
se corrompe en la sombra.





HIPÓTESIS
Supongo que la muerte es esta herida
que marca la insistencia de mis horas
sin hallar el reloj que la detenga.





DESTIERRO

En el pucho de la tarde se cuaja una canción
en el pucho de la tarde
caben días, noches,
semanas enteras,
eternas.

Sólo yo carezco de sitio
cuando la tarde fuma y fuma
la mecha de mi propio cigarro.


 ***



Entonces llega la mañana
y uno se calza las manos
la voz
el café
uno se apuntala al día con su camisa
se sabe invencible y llora
se conoce temeroso y ríe
se fabrica esas pequeñas trampas
para no tener que ver
que la vida no es más que una vitrina
donde se apaga el hombre.



***


Esta costumbre de tumbarse al día
con la vida en los ojos
esta costumbre absurda de dejarse brotar sombras
en el pulso
esta costumbre terca de existir tras el rostro
de asomarse al día con un pie
gastando esta costumbre triste de llorar al tiempo
sin saber por qué.

he abierto las ventanas del miedo, y me dejo ser
me dejo arrastrar
                                                                              me
                                                                                    de
                                                                                        jo
                                                                                            a
                                                                                            rras
                                                                        trarrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr.






TANTA VIDA, SEÑOR, PARA QUÉ TANTA VIDA
                                                                       A. Pizarnik


Tanto día Señor y tanta vida
y tanto deambular sin dar en nada
mendigando un pretexto para cada
breve mañana tísica, homicida

tanto espacio Señor y tanta herida
mostrándose insepulta en mi mirada
sin encontrarle un fin, una coartada
para evadir su brusca arremetida

tanto mundo Señor y tanta saña
de este tiempo mortífero que baña
con trozos de dolor mis pobres nombres

tanto nombre Señor  para estas manos
que se van diluyendo como vanos
artificios de vida de los hombres.





ENVÍO


A ti que te haces llamar Rolando
que sumas tus días verticales en el dolor
que agrupas en años tus veinte dedos

sin más acción que la esperanza
 hecha pelotas
invención de tus pupilas.


Rolando Benegas sin más 

catorce letras curvas
 sonriendo a la memoria de tus huesos
pensándote creer (creyéndote pensar) en la sonrisa
esperando, ardiendo, empolvándote.



Pobre diablo, pobre arcángel ebrio
pobre pobre,

te pierdes a ti mismo en tu inicio
en tu germen
en tu postergación sanguínea

en tus ojos que no miran
que no ven más allá de tu prólogo
más que tu desenlace sin cuerpo
sin nudo
sin argumento.



Rolo, te hablo así, con cariño,
como a un niño chiquito
con melancólico amor,
a girones de rabia:

aflígete la ropa,
perdónate,
sincérate con tu ternura,
date lástima,

rescata de tu epílogo tu apéndice,

ven, endéchate,
date un abrazo.


***


Mi nacimiento es un derramarse
una desesperación de la mano en el vacío
un ruido de cáscaras y hojas malogradas
un pez gigante nadando entre musgos
y todo
y tanto
y  nada







ENTRE EL IR Y EL RINEV

Entre el ir y el rinev hay pasos decapitados, dolores que se derriten en los ojos, bajan por la sangre y se amontonan como mugre entre la uña y el cielo.
Entre el ir y el rinev hay una imagen, un grito, una sonrisa. Entre el ir y el rinev la muerte espía insomne las muecas de la vida.



 ***



Me duele el pie de tanta metafísica
tanto verbo y tanto sol
la verdad salta sin poesía a boca de jarro:

mañana he de morir y me estoy velando.



 ***




1.

Y sin embargo,
ellos siguen hablando del dólar,
de las relaciones bilaterales,
de la farándula mundial.

Y tú y yo, hermano,
sudando miedo,
bebiendo sorbos de coraje en la sonrisa de nuestros hijos
de nuestras mujeres,
sabiendo que no hay final posible,
deseándolo.

Mientras tanto,
cualquier mañana una cuchillada en plena calle,
en pleno pecho.

Y más allá del pan y de la vida,
el mandatario da detalles
de su próxima gira internacional.





ANTROPOGRAFÍA

1
El hombre es una dulce bestia
un abrazo repartido en dos.

2
Y dijo Dios: sea el bien  y fue el hombre

3
Y dijo Dios: sea el mal  y fue el hombre.

4
El hombre es esa grieta donde tropieza la eternidad.

5
El hombre es apenas una ventana hacia el misterio.

6
El hombre es el intérprete de su propio argumento.

7
Diógenes buscaba al hombre linterna en mano, pero se murió.

8
Hay una sola verdad, pero muchos hombres.

9
Un hombre es mucho
tres hombres, restan.

10
Cierto día, la utopía de dar a cada hombre su lugar se concretó. Pero nadie se movió de donde estaba.

11
Al principio, Dios creó al hombre a su imagen y semejanza. Después se aburrió, y nos creó a nosotros.

12
La mayor evidencia de que Dios se cae a pedazos es que en cada hombre hay un poco de divinidad.

13
Y Dios creó al hombre, lo contempló y para definirlo, creó la muerte.





DÍA

El día circula entre arengas,
gritos reaccionarios,
silencios subversivos.

En la calle,
mientras el hambre se come las vísceras,
los intelectuales venden esperanzas de papel.

Y una vez más el mundo anochece
sin que nadie se acuerde
de la sonrisa del hombre.







CAMINOS

No es sudando tinta como llegaremos al hombre,
no es cazando sueños como abriremos el alma.

En la raíz de los días
el hueco de las palabras,
las manos desbandadas,
el vértigo acusador
hacen nido,
hacen lío.

No es desde el corredor donde vencerá la sangre,
sino desde los ojos,
los huesos,
las uñas.
La vida desemboca en la frente del hombre
nada más,
nada menos.





MIGAJAS

1
Tu voz en pianísimo
arrancando su cuerpo
de la raíz de mis días

2
Abrazar el espacio de tu sombra
como si me amputaran el brazo

3
Soy un pájaro rojo
esperando tu aire
para ser ala

4
Nos han cortado el corazón
y nunca lo supimos, amor mío








ROLANDO BENEGAS
Chore, Paraguay 1984. Estudió Letras en la Facultad de Filosofía de la UNA (Universidad Nacional de Asunción) Ganador del  Premio Juan S. Netto de Literatura 2008 con su poemario: “Del silencio y otras obsesiones” y  concurso de cuentos cortos Jorge Ritter 2013.  Ha participado en antologías con la Academia Literaria Kavure'i de la Facultad de Filosofía UNA.  
  

lunes, 17 de marzo de 2014

Alvaro Cepeda Samudio





Alvaro Cepeda Samudio / 
Barranquilla, 30 de marzo de 1926​ Nueva York, 12 de octubre de 1972




"Hay veces, créemelo, que esta vaina de morir asusta".
Carta de Cepeda Samudio a Daniel Samper  Pizano.




Esta última semana, como los últimos dos años, hemos estado  de  la clínica a  la casa, de la casa a la clínica, acompañando a nuestra madre quien lucha contra un cáncer, como muchos en esta ciudad, en este país,  en este mundo. Dentro de las lecturas que llevamos para soportar las largas jornadas nocturnas, tuvimos la oportunidad de releer una antología del escritor colombiano Álvaro Cepeda Samudio. Un libro que durante mucho tiempo (podríamos decir toda la vida,) ha estado en nuestros estantes de libros. Nos referimos a la edición número 22 de 1977 del Instituto Colombiano de Cultura (la famosa, la  de los búhos en la portada)  la misma que paso de manos de nuestro padre a las nuestras. 

Con tanto cáncer que nos ronda últimamente y  ya acostumbrados a vivir con él, sin dramatismo,  sin escandalizarnos con mencionarlo, sino con el realismo que lo merece,  recordamos que fue esta misma enfermedad  la que no dejó que Cepeda Samudio pudiera producir sus tantos guiones para cortometrajes pendientes.


En honor suyo y apreciando su obra, decidimos hoy  vestirnos de payaso y matar  un par de gaticos, para recordarlo. 


VAMOS A MATAR A LOS GATICOS


“Vamos a matar a los gaticos ­—dijo Doris—, vamos a matarlos. Yo sé cómo se hace, vamos a matarlos”.
“No, todavía no”.
“Pero tú dijiste que los íbamos a matar apenas nacieran —dijo Martha—. Tú dijiste que teníamos que matarlos para evitar que los regalaran”.
“¿Cuántos son? —preguntó Doris”.
“No sé: parece que hay cinco”.
“¿Dónde están?” —preguntó Doris.
“En el último cuarto. Los pusieron en la caja donde dormía Teddy”.
“¿Son bonitos?” —preguntó Doris.
“Yo no sé, yo no los he visto todavía. Pero sé que ya nacieron porque esta mañana lo estaban diciendo en la cocina”.
“Vamos a verlos” —dijo Martha.
“No, ahora no: después. Vamos a subirnos al techo”.
“Vamos —dijo Doris— y jugamos a Tarzán, ¿quieres? Bueno. Voy a buscar las cosas”.
“Yo no juego —dijo Martha”.
“¿Por qué no quieres jugar?”
“No puedo —dijo Martha—, yo no puedo subirme al techo”.
“¿Por qué no puedes subirte?”
“Tú sabes” —dijo Martha.
“Ella tiene miedo —dijo Doris—, vamos tú y yo”.
“Yo no tengo miedo —dijo Martha—, es que me da pena”.
“Vamos Doris, ella nos espera aquí”.
“Miedosa” —dijo Doris.
“Yo no soy miedosa —dijo Martha—, es que me da pena”.
“¿Por qué te da pena?” —preguntó Doris.
“Déjala ya, Doris”.
“Yo no tengo pantalones” dijo Martha.
“Ahora se lo voy a decir a mamá —dijo Doris—, ayer también viniste sin pantalones. Yo te vi”.
“Tú sabías que no tenía pantalones. Tú me dijiste. Y ahora quieres jugar a Tarzán” —dijo Martha. 
“Cuando volvamos a la casa le voy a decir a mamá que tú le dices a Martha que no se ponga pantalones” —dijo Doris.
“Vamos a matar a los gaticos”.
“Vamos” —dijo Doris.
“Si se lo dices no los matamos” —dijo Martha. 
“¿Se lo vas a decir, Doris?” 
“No —dijo Doris. Vamos a matar a los gaticos. Entren”. 
“¿Para qué cierras las ventanas? —preguntó Doris. 
“Para que ella no se salga. Tráeme esa tabla, Martha”. 
“Tenemos que sacarla de la caja porque de pronto se pone rabiosa y nos muerde” —dijo Doris. 
“No, ella no muerde. Sostén la tapa mientras yo los saco”. 
“¿Cuántos hay? —preguntó Doris. 
“Cuatro nada más”. 
“Abre la ventana, yo no los veo bien. ¿Son bonitos?” —dijo Martha. 
“Sí, son bonitos. Hay dos negros y dos grises”. 
“Yo quiero llevarme uno negro” —dijo Doris. 
“No, hay que matarlos a todos. No te vas a llevar a ninguno. Yo dije que los iba a matar a todos. Mira, así: apriétalos por el cuello así, ¿ves? Apriétalos bien fuerte por un momento. Es fácil”. 
“¿Ves? Este ya está muerto. Mata tú este otro”. 
“Mata este tú, Martha, yo mato mejor el gris” —dijo Doris. 
“No, yo me voy, yo no quiero matar ninguno” —dijo Martha.
“No tengas miedo, no te van a morder. ¿No ves que ni siquiera tiene dientes?” 
“No, yo no quiero matar ninguno” —dijo Martha. 
“Suelta ese ya, Doris, ya está muerto. Mata este otro”. 
“No los maten, no los maten” —gritó Martha. 
“Cállate, cállate, cállate. Sostén la tapa, Doris”.
“¿Qué vas a hacer?” —preguntó Doris. 
“A ponerlos otra vez dentro de la caja”. 
“Por qué no los enterramos en el patio y les hacemos procesión —dijo Doris—. ¿Quieres que traiga tres cajitas de cartón?”. 
“Yo tengo en la casa un montón de cajitas” 
“No, vamos a ponerlos en la caja otra vez. Falta uno. ¿No has podido matarlo todavía, Doris?”. 
“Yo no quiero matar al negrito” —dijo Doris. 
“Dámelo acá. Apura, Doris, dámelo”. 
“Dáselo, Doris” —dijo Martha. 
“Salgan. Cierra la puerta, Martha”.
“Vamos a subirnos al techo, dijo Doris”. 
“No, hace mucho calor”. 
“Pero yo quiero unas guindas. Tengo hambre” —dijo Doris. 
“En la nevera hay galletas. Ve y tráelas”. 
“¿Por qué lloras? —preguntó Martha. 
“Yo no estoy llorando”. 
“Sí estás llorando” —dijo Martha. 
“No me molestes”. 
“Tú no querias matar los gaticos” —dijo Martha. 
“Sí quería”. 
“No tengas miedo. Doris no le dice nada a Mamá” —dijo Martha. 
“Yo no tengo miedo” “¿Entonces por qué estás llorando?” —dijo Martha. 
“Por nada, por nada, por nada”. 



Álvaro Cepeda Samudio
Todos estábamos a la espera






Alvaro Cepeda Samudio.
Escritor y periodista costeño (Ciénaga, Magdalena, marzo 30 de 1926 - Nueva York, octubre 12 de 1972). Cuentista y novelista, Alvaro Cepeda Samudio hizo los estudios secundarios en el Colegio Americano de Barranquilla, y en 1949 viajó a Estados Unidos a estudiar periodismo en la Universidad de Columbia, en Nueva York. En 1951 regresó a Barranquilla, y trabajó como corresponsal de The Sporting News. En 1955 se casó con Teresita Manotas. Como periodista y gran apasionado de los deportes, cubrió eventos deportivos para el periódico El Nacional; en 1951 tuvo una columna en la página editorial de El Heraldo, titulada "La brújula de la cultura"; y fue director del Diario del Caribe. Participó, como guionista y actor, en el cortometraje La langosta azul, al igual que en otras películas cortas y en un noticiero de cine, y organizó el Cine Club de Barranquilla.