“Cuanta ternura he sumergido en la sangre/
en la sangre silenciosa del corazón/
de tantas cosas que he querido”
Rilke
--- Escuela de Artes, habla Ana / si claro, ¿en qué puedo ayudarle?/ en este momento no estamos manejando fecha límite de inscripción ¿por qué no se acerca a nuestra sede principal y conoce acerca de los cursos?/perfecto/ aquí lo esperamos/ que tenga buen día/
Tengo que reconocerlo. Los brazos no me alcanzan para agarrar el florero que está sobre la mesa. El tiempo de las chicharras con su canto desafinado, insistente, maniático a la cabecera de la cama y los grillos pegados a la ropa y los cucarrones sin respiración metidos en las cajas de fósforos del rey y el color cadavérico de las mariposas atravesado por una cabeza de alfiler... era mucho mejor.
--- ¿Anita trajiste almuerzo hoy o sales con nosotros?
Como debo reconocer que aunque traté de aprovechar golpe a golpe, silencio a silencio el ritmo de las horas, no lo hice del todo bien, me falto más, mucho más, siempre se queda uno debiéndose algo.
Las horas: esos cachitos del día que nunca fueron suficientes para crear pequeños y grandes mundos hoy me pasan la cuenta de cobro, me reclaman el descuido, la falta de disciplina y de compromiso.
--- Ana, ¿tienes listo el reporte de visitas a la sede?
--- Si claro, esta listo desde esta mañana.
--- Ok preciosa, voy a revisarlo y hablamos.
--- Escuela de Artes habla Ana ¿en qué puedo ayudarlo?
La nostalgia se me atora en los zapatos cada vez que vienen a mi mente las imágenes de aquel tiempo, el tiempo del radio ronco de pilas del abuelo retumbando con su “radio recuerdos me gusta más” por el patio de la casa.
--- Hoy tenemos pa´ ofrecerles sopita de verduras, bandeja con pollo o carne asada y de sobremesa tenemos juguito de mango o limonada.
--- Para mí, bandeja con pollo, en vez de sopa me regala más ensalada y limonada, gracias.
El abuelo, la abuela. La abuela en la cocina limpiando la nevera, picando verduras y preparando el dulce de guayaba cuando era cosecha de guayaba porque si era de mandarina, era jugo de mandarina al desayuno, al almuerzo y a la comida, o si era naranja era crema de naranja y mermelada de naranja. Yo creía que era cuestión de soñar para que a uno se le dieran las cosas, pero que equivocada estaba. El tiempo me pasó por encima, sin yo pasar por él.
--- ¿Anita, cigarro después del almuerzo o qué?
Sí, lo sé, uno a los doce o trece años lo único que quiere es cumplir con las tareas del colegio y tener espacio para jugar (niña, que no se le vaya a olvidar colgar el uniforme en el armario y lavar las medias y la blusa para mañana).
Jugar: jugar a ser otro, a sentirse adulto, a ser hada madrina, a volar, a ser hombre siendo mujer o ser madre siendo hombre. No fue suficiente vestir las muñecas con los retazos de tela de colores que la abuela dejaba caer debajo de la singer de pedal (niña es hora de almorzar a recoger todo ese desorden) o ponerle nombre y apellido y una familia a cada muñeco de plástico que venía escondido en los paquetes del loro verde llamado “yupi”. Crearles autos con pedazos de madera, camas con las mismas cajas de fósforos que servían de ataúd para los insectos, parques de diversiones con tapas de gaseosa (la sol, la colombiana, la premio, la fanta). Me divertía, sí, me divertían y sobretodo me entretenían (ya le dije que es hora de recoger ese desorden, es hora de acostarse, mañana tiene que madrugar).
En muchas ocasiones el jardín de su casa me sirvió de escenario para repetir monólogos, ¿monólogos?, en aquel tiempo no sabía que se llamaban así, era sólo cuestión de reconstruir diálogos con lo que escuchaba en las telenovelas, con decirle que fuí huérfana, príncipe, madre y enamorado a la vez. Nunca se lo he dicho, nunca hemos hablado que lastima no haberlo hecho y no hacer nada por hacerlo ahora. Que lástima que mi timidez no me hubiese dejado disfrutar de su gran corazón, de sus historias y sobre todo y lo que más me pesa por estos días, de su talento, de todo lo que usted sabe acerca de la música.
La música: ¿Sabe? ahora vivo entre pianos, guitarras, violines y tambores, los escucho con frecuencia y eso ha desatado en mí algo de frustración. Ellos me llaman, se lo juro, me llaman, créame, me invitan a descubrirlos y no puedo hacer más que quedarme viéndolos, acercarme un poco y dejar caer una sonrisa al vació.
--- Ana, ¿vas a venir con nosotros al paseo de integración el domingo?
Le confieso algo, algunas veces y a solas, he intentado hacerlos estremecer, gruñir, por lo menos parpadear, pero lo único que logro es sentirme impotente. Sí, impotente, casi estúpida, es como el que quiere correr, siente las piernas, pero se da cuenta que no las puede mover. Aquí la imaginación no sirve de mucho, esta es la otra edad, la realidad, y la mía, la mía esta muy lejos de hacer música, de hacer entristecer o enfurecer un instrumento.
La guitarra: esa es la que más visito, me gusta pasar la yema de los dedos por sus cuerdas. Mano izquierda sobre los trastes (¿trastes?), mano derecha sobre su cintura y rasguñó tras rasguñó y rasguñó. Alguien, no recuerdo quien, hace algún tiempo me enseñó dos notas, ¿cuáles?, no sé: dedo índice de la mano izquierda sosteniendo la cuerda cinco sobre el traste, dedo corazón abajo sosteniendo la cuarta cuerda sobre el traste, un, un dos, un dos tres.
El violín: sobre él también he aprendido algunas cosas, sé que la varita con que se toca se llama arco (¿cómo el arco iris?), y que existe un objeto que se llama Pez (¿pez, como el pescado?) con el que se limpia el arco, que los hay de tres cuartos y cuatro cuatros (eso lo he visto en matemáticas, ¿son los fraccionarios no?) Otras veces, voy al piano y ahí es cuando la recuerdo a usted, tan dispuesta a enseñarme todo lo que sabia, lo que sabe, (Mamá yo no quiero volver a las clases de piano) Cuanto tiempo desaproveche a su lado.
El piano: sus manos blancas, alargadas y arrugadas sobre él, golpeando suavemente con las uñas las teclas, ese blanco tan parecido al manto de la virgen que todavía la acompaña y a la que usted tantas veces le cantó, le canta. La misma a la que le pone flores frescas cada mañana para mantener su fé, esa fé única que usted posee (Ave... ave Maria… llena eres de gracia y el señor es contigo) Siempre está con usted.
Ya no tengo trece años, los aromas, las imágenes y los recuerdos se perciben distintos desde esta edad, la otra, la extraña, la exigente, esa donde en las noches los dragones de los sueños no te llevan a viajar en su lomo, sino te cortan la respiración rodeando tu cuello con su larga cola, donde la lluvia no es un pretexto para poner en marcha barcos de papel por los pequeños ríos que se forman a la orilla de las calles, sino donde te escondes del aguacero para evitar la gripe. Los huesos no son los mismos en esta edad los juguetes cambian de lugar. En este tiempo uno calcula bien los pasos buscando no tropezar demasiado, no como antes, donde no importaba salir descalzo, en medias o en tennis rotos a aventurarse por caminos llenos de barro, piedra o mierda de vaca. Ya casi nada me sorprende sabe, ya no es suficiente soltar la cuerda que ata el globo a la muñeca de la mano para dejarlo libre y quedarse extasiado viendo como se eleva, como se va perdiendo entre las nubes.
Las nubes: las que uno pensaba que eran algodones gigantes donde dormía dios, o en las que aparecían escondidas cabezas de conejos o cabezas de perros o cuerpos de osos.
--- Ana, ¿tu turno termina a las cinco o a las cinco y media?
--- A las cinco.
Con el llegar de los años me di cuenta que la pasión y las ganas no bastaban para realizar los sueños, que son necesarios la disciplina y el compromiso.
--- Ana, ¡mañana más tempranito no!, pilas que ha estado llegando como tarde.
Que tonta fuí, debí haber perseverado, debí haberme esforzado un poco más, ¿y la timidez?, esa tampoco me ayudo demasiado. Ahora que la música vuelve a mi vida como un fuerte abrazo, no puedo dejar de recordarla y pensar en lo que hubiese sido de mí, si supiera hacer llorar o reír un instrumento. No me queda más que conformarme con escuchar a la piaf ¿la recuerda? a ella también la conocí gracias a usted. Cierta vez mi abuelo llego a casa con un montón de revistas y libros que usted le había regalado (como solía hacerlo), allí me encontré con un pequeño libro que tenia en la portada la foto de una mujer de cabello corto y negro con unos labios muy, muy rojos. No le voy a mentir, tuvieron que pasar más de quince años para que yo me decidiera a leerlo, lo curioso es que por alguna razón lo guarde y cuide muy bien todo ese tiempo y tal vez lo hice porque sabia que si venia de usted, era algo importante y que la mujer de la portada era alguien interesante a quien era significativo conocer. Así que, si señora, el gorrión de Francia hoy en día acompaña mis noches y mis a veces, largas jornadas de trabajo, su canto... como decirlo... su canto me hincha el corazón, su non, je ne regrette rie o su mon dieu, su
L’ accordéoniste, su voz, su voz, su voz, retumba en mi espacio y gracias a su canto la recuerdo, la recuerdo, la recuerdo a usted con su cabello blanco y su elegancia de siempre sentada en el kiosco de su casa. La recuerdo preguntándome en esa primera clase de piano si lo que quería era aprender MÚSICA, así, MÚSICA con mayúsculas o “huachafear” con un instrumento ¿huachafear? este término no lo escucho desde entonces, aunque, pensándolo bien debe ser eso que algunos hacen por esta época y le dicen llamar música, así, música, con minúsculas.
Yo respondí que MÚSICA con MAYÚSCULAS, y más que por compromiso, lo hice porque en verdad quería hacerlo, porque así lo sentía, por eso, le insistí a mi papá para que me comprara el piano, no sé que pasó (¿acaso no era lo que más deseabas?) ¿qué me pasó? (te falto disciplina y compromiso), ¿qué nos paso? (Mamá no quiero volver a las clases de piano, quiero quedarme a jugar con las muñecas). No entiendo por qué perdí tan rápido y fácilmente el impulso, la oportunidad estaba frente a mí, usted estaba poniéndome una silla para que yo pudiera alcanzar el florero que estaba sobre la mesa y yo no quise verla o lo más triste, la hice a un lado. Ya no hay silla, estoy lejos de usted, soy más cabeza dura y tengo otras cosas en que ocuparme las cuales me roban todo el tiempo.
--- Nos vemos mañana muchachos. ¿Alguien va hacia transmilenio?
Ya no me entretiene estar bajo la vieja maquina de coser esperando a que los retazos de tela caigan sobre mi para vestir a las muñecas, ya no me gustan los insectos ni atravesar las mariposas con los afilares, ya no tengo cerca el patio de su casa. Mis abuelos no son los mismos, están más viejos, algo enfermos y cansados. Ya no como fruta con tanta frecuencia.
- Adiós muchachos, y sí, yo creo que lo más seguro es que vaya con ustedes al paseo del domingo, ese, el de integración.
Con melancolía, contemplo el florero que todavía permanece sobre la mesa conformándome en los ratos libres, que son las noches, con ver las estrellas y cantar junto a las fotografías esperando a que los recuerdos aparezcan con sus risas para romper el gran silencio de la habitación. Sentir el calor de aquellos días siempre es grato y más aún cuando junto a ellos revive la sombra de la música, ese eco que retumba en mi interior y me seduce, me golpea, me estremece. A veces, es Stravinsky a veces, las bulerias, Chopin o Ravel. Ravel, Ravel, Ravel. Entonces, me doy cuenta que para sentir la música no es necesario mover las manos o soplar fuerte tan sólo basta con creer en ella, respetarla, cerrar los ojos y dejarse embriagar por sus armonías, escuchar sus lamentos, sus plegarias, sentir como se enreda entre las voces de la niña (la ausente) el adulto (el olvidado) y las carcajadas de los recuerdos. Tenerla cerca es una manera de escapar al frió, la pesadez, la monotonía en que se han convertido mis días.
--- Escuela de Artes, habla Ana /si claro, ¿en qué puedo ayudarle?
miércoles, 4 de febrero de 2009
jueves, 18 de diciembre de 2008
YA ELEGÌ.ME QUEDO EN EL BOSQUE
2001: Mi historia se dividió en dos, nada volvió a ser igual. De mil formas comencé a morir y detrás del rabo de cada muerte un nacimiento se asomaba con su largo cuello y grandes alas liberándome de la cotidianidad (yugo de esta sociedad), permitiéndome volar hacia mundos desconocidos e inimaginables, a hacerme no dos, sino tres, cuatro, cinco, seis… en un sólo cuerpo. Otra comenzó a respirar dentro de mi con afán y curiosidad, despertando los demonios que cargaba y que esperaban el escenario apropiado para tender su carpa y así, poder hacer su función (mis demonios son demonios torpes, inocentes, no alcanzan todavía a atravesar la cerca para aventurarse en la gran ciudad, mejor así, los prefiero corteses y mesurados a vividores e insoportables. Con el tiempo he perdido la paciencia para sobrellevar niños malcriados con ínfulas falsas de perversos) Nada volvió a ser igual, excepto el gusto por la noche, el licor, la justicia y la lluvia. La soledad dejó de ser oscuridad, la risa, acto tras acto apenas levantaron el telón, comenzó a inundar el gran salón de la vida (algunos aplaudieron, otros prefirieron salir porque les pareció empalagoso e hipócrita tanto exceso de felicidad)
A pequeños y sigilosos pasos comencé a descubrir que el mundo era más que centros comerciales, amores platónicos, frustraciones de adolescencia, falsos tótems, nostálgicos recuerdos y canciones vacías de la radio. La vida se puso ante mi con traje de bosque, un seductor bosque donde aromas, música, sombras, colores y figuras me incitaban a hacer parte de una extraña fiesta entre bufones, doncellas, mendigos y guerreros. Yo acepte la invitación y heme aquí, recorriendo los distintos caminos que me ofrece el bosque. He estado acompañada algunas veces (se siente bien el calor de los demás) pero cada quien tiene que buscar sus sensaciones, así que casi siempre permanezco sola contemplando la belleza y el espanto de los altos árboles, la furia de los animales, el desecho de los pájaros, el movimiento de las ramas, el peso del viento. Aún estoy dispuesta a soportar el frío, el hambre, atenta a encontrar más respuestas, pistas, que me saquen de la caverna que habita mi pensamiento, heredada de mis antepasados, cultura, época y espacio que me correspondieron.
Quiero seguir transitando por el bosque con nada más que una cajetilla de cigarrillos, mi dios y una baraja de poker en el bolsillo, ir destapando carta por carta apostándole siempre a la felicidad (creo en la felicidad, es mi mayor propósito alcanzarla) Bajo la almohada aguardan los comodines (son pocos) es mejor conservarlos para el final del juego, uno nunca sabe que a última hora los vaya a necesitar para salvarse de los lobos, los buitres, que se yo, de las estupidas hienas. Por ahora me entretengo con las picas, los tréboles y los reyes de dos cabezas (me gusta el rojo). Me preocupan los diamantes.
2001: Mi historia se dividió en dos, Diana Carolina antes y después de conocer las trampas de la palabra, la literatura, ese constante cosquilleo en el pecho, la memoria y las manos, que a manera de imágenes y sonidos no me dejan dormir. Alguien me dijo hace poco que cuando se escribía también se hacia música, que bueno, pues fue mi sueño hacerla desde que era una niña, si es así, la frustración hoy sale de mi pensamiento. Todavía no soy poeta, ni escritor, quizás me pueden llamar aprendiz, tan sólo soy una mujer de ojos y odios grandes para quien el arte es una escapatoria a las cadenas de la sociedad, al secuestro de las ideas y los sueños, a la falta de tolerancia y respeto por la vida humana, al exceso de razonamiento, agresividad y estupidez. Soy nada más que Diana Carolina Daza Astudillo, sí, Daza, con “Z”, alguien un poco más libre, sin vendas en los ojos, sin ataduras en la memoria, sin dependencias absurdas y huecos en el corazón.
2008: Habito el bosque, esperando las sorpresas y los secretos que todavía aguardan por mí, tengo en las manos una libreta interminable de notas y montones de bolígrafos de colores. No tengo miedo, estoy ansiosa y quizás para molestia de algunos… todavía
… con una gran sonrisa en el rostro. Nos vemos en el 2009, si mi tiempo y destino nos lo permiten. Gracias.
A pequeños y sigilosos pasos comencé a descubrir que el mundo era más que centros comerciales, amores platónicos, frustraciones de adolescencia, falsos tótems, nostálgicos recuerdos y canciones vacías de la radio. La vida se puso ante mi con traje de bosque, un seductor bosque donde aromas, música, sombras, colores y figuras me incitaban a hacer parte de una extraña fiesta entre bufones, doncellas, mendigos y guerreros. Yo acepte la invitación y heme aquí, recorriendo los distintos caminos que me ofrece el bosque. He estado acompañada algunas veces (se siente bien el calor de los demás) pero cada quien tiene que buscar sus sensaciones, así que casi siempre permanezco sola contemplando la belleza y el espanto de los altos árboles, la furia de los animales, el desecho de los pájaros, el movimiento de las ramas, el peso del viento. Aún estoy dispuesta a soportar el frío, el hambre, atenta a encontrar más respuestas, pistas, que me saquen de la caverna que habita mi pensamiento, heredada de mis antepasados, cultura, época y espacio que me correspondieron.
Quiero seguir transitando por el bosque con nada más que una cajetilla de cigarrillos, mi dios y una baraja de poker en el bolsillo, ir destapando carta por carta apostándole siempre a la felicidad (creo en la felicidad, es mi mayor propósito alcanzarla) Bajo la almohada aguardan los comodines (son pocos) es mejor conservarlos para el final del juego, uno nunca sabe que a última hora los vaya a necesitar para salvarse de los lobos, los buitres, que se yo, de las estupidas hienas. Por ahora me entretengo con las picas, los tréboles y los reyes de dos cabezas (me gusta el rojo). Me preocupan los diamantes.
2001: Mi historia se dividió en dos, Diana Carolina antes y después de conocer las trampas de la palabra, la literatura, ese constante cosquilleo en el pecho, la memoria y las manos, que a manera de imágenes y sonidos no me dejan dormir. Alguien me dijo hace poco que cuando se escribía también se hacia música, que bueno, pues fue mi sueño hacerla desde que era una niña, si es así, la frustración hoy sale de mi pensamiento. Todavía no soy poeta, ni escritor, quizás me pueden llamar aprendiz, tan sólo soy una mujer de ojos y odios grandes para quien el arte es una escapatoria a las cadenas de la sociedad, al secuestro de las ideas y los sueños, a la falta de tolerancia y respeto por la vida humana, al exceso de razonamiento, agresividad y estupidez. Soy nada más que Diana Carolina Daza Astudillo, sí, Daza, con “Z”, alguien un poco más libre, sin vendas en los ojos, sin ataduras en la memoria, sin dependencias absurdas y huecos en el corazón.
2008: Habito el bosque, esperando las sorpresas y los secretos que todavía aguardan por mí, tengo en las manos una libreta interminable de notas y montones de bolígrafos de colores. No tengo miedo, estoy ansiosa y quizás para molestia de algunos… todavía
… con una gran sonrisa en el rostro. Nos vemos en el 2009, si mi tiempo y destino nos lo permiten. Gracias.
2001: Mi historia se dividió en dos, nada volvió a ser igual. De mil formas comencé a morir y detrás del rabo de cada muerte un nacimiento se asomaba con su largo cuello y grandes alas liberándome de la cotidianidad (yugo de esta sociedad), permitiéndome volar hacia mundos desconocidos e inimaginables, a hacerme no dos, sino tres, cuatro, cinco, seis… en un sólo cuerpo. Otra comenzó a respirar dentro de mi con afán y curiosidad, despertando los demonios que cargaba y que esperaban el escenario apropiado para tender su carpa y así, poder hacer su función (mis demonios son demonios torpes, inocentes, no alcanzan todavía a atravesar la cerca para aventurarse en la gran ciudad, mejor así, los prefiero corteses y mesurados a vividores e insoportables. Con el tiempo he perdido la paciencia para sobrellevar niños malcriados con ínfulas falsas de perversos) Nada volvió a ser igual, excepto el gusto por la noche, el licor, la justicia y la lluvia. La soledad dejó de ser oscuridad, la risa, acto tras acto apenas levantaron el telón, comenzó a inundar el gran salón de la vida (algunos aplaudieron, otros prefirieron salir porque les pareció empalagoso e hipócrita tanto exceso de felicidad)
A pequeños y sigilosos pasos comencé a descubrir que el mundo era más que centros comerciales, amores platónicos, frustraciones de adolescencia, falsos tótems, nostálgicos recuerdos y canciones vacías de la radio. La vida se puso ante mi con traje de bosque, un seductor bosque donde aromas, música, sombras, colores y figuras me incitaban a hacer parte de una extraña fiesta entre bufones, doncellas, mendigos y guerreros. Yo acepte la invitación y heme aquí, recorriendo los distintos caminos que me ofrece el bosque. He estado acompañada algunas veces (se siente bien el calor de los demás) pero cada quien tiene que buscar sus sensaciones, así que casi siempre permanezco sola contemplando la belleza y el espanto de los altos árboles, la furia de los animales, el desecho de los pájaros, el movimiento de las ramas, el peso del viento. Aún estoy dispuesta a soportar el frío, el hambre, atenta a encontrar más respuestas, pistas, que me saquen de la caverna que habita mi pensamiento, heredada de mis antepasados, cultura, época y espacio que me correspondieron.
Quiero seguir transitando por el bosque con nada más que una cajetilla de cigarrillos, mi dios y una baraja de poker en el bolsillo, ir destapando carta por carta apostándole siempre a la felicidad (creo en la felicidad, es mi mayor propósito alcanzarla) Bajo la almohada aguardan los comodines (son pocos) es mejor conservarlos para el final del juego, uno nunca sabe que a última hora los vaya a necesitar para salvarse de los lobos, los buitres, que se yo, de las estupidas hienas. Por ahora me entretengo con las picas, los tréboles y los reyes de dos cabezas (me gusta el rojo). Me preocupan los diamantes.
2001: Mi historia se dividió en dos, Diana Carolina antes y después de conocer las trampas de la palabra, la literatura, ese constante cosquilleo en el pecho, la memoria y las manos, que a manera de imágenes y sonidos no me dejan dormir. Alguien me dijo hace poco que cuando se escribía también se hacia música, que bueno, pues fue mi sueño hacerla desde que era una niña, si es así, la frustración hoy sale de mi pensamiento. Todavía no soy poeta, ni escritor, quizás me pueden llamar aprendiz, tan sólo soy una mujer de ojos y odios grandes para quien el arte es una escapatoria a las cadenas de la sociedad, al secuestro de las ideas y los sueños, a la falta de tolerancia y respeto por la vida humana, al exceso de razonamiento, agresividad y estupidez. Soy nada más que Diana Carolina Daza Astudillo, sí, Daza, con “Z”, alguien un poco más libre, sin vendas en los ojos, sin ataduras en la memoria, sin dependencias absurdas y huecos en el corazón.
2008: Habito el bosque, esperando las sorpresas y los secretos que todavía aguardan por mí, tengo en las manos una libreta interminable de notas y montones de bolígrafos de colores. No tengo miedo, estoy ansiosa y quizás para molestia de algunos… todavía
… con una gran sonrisa en el rostro. Nos vemos en el 2009, si mi tiempo y destino nos lo permiten. Gracias.
A pequeños y sigilosos pasos comencé a descubrir que el mundo era más que centros comerciales, amores platónicos, frustraciones de adolescencia, falsos tótems, nostálgicos recuerdos y canciones vacías de la radio. La vida se puso ante mi con traje de bosque, un seductor bosque donde aromas, música, sombras, colores y figuras me incitaban a hacer parte de una extraña fiesta entre bufones, doncellas, mendigos y guerreros. Yo acepte la invitación y heme aquí, recorriendo los distintos caminos que me ofrece el bosque. He estado acompañada algunas veces (se siente bien el calor de los demás) pero cada quien tiene que buscar sus sensaciones, así que casi siempre permanezco sola contemplando la belleza y el espanto de los altos árboles, la furia de los animales, el desecho de los pájaros, el movimiento de las ramas, el peso del viento. Aún estoy dispuesta a soportar el frío, el hambre, atenta a encontrar más respuestas, pistas, que me saquen de la caverna que habita mi pensamiento, heredada de mis antepasados, cultura, época y espacio que me correspondieron.
Quiero seguir transitando por el bosque con nada más que una cajetilla de cigarrillos, mi dios y una baraja de poker en el bolsillo, ir destapando carta por carta apostándole siempre a la felicidad (creo en la felicidad, es mi mayor propósito alcanzarla) Bajo la almohada aguardan los comodines (son pocos) es mejor conservarlos para el final del juego, uno nunca sabe que a última hora los vaya a necesitar para salvarse de los lobos, los buitres, que se yo, de las estupidas hienas. Por ahora me entretengo con las picas, los tréboles y los reyes de dos cabezas (me gusta el rojo). Me preocupan los diamantes.
2001: Mi historia se dividió en dos, Diana Carolina antes y después de conocer las trampas de la palabra, la literatura, ese constante cosquilleo en el pecho, la memoria y las manos, que a manera de imágenes y sonidos no me dejan dormir. Alguien me dijo hace poco que cuando se escribía también se hacia música, que bueno, pues fue mi sueño hacerla desde que era una niña, si es así, la frustración hoy sale de mi pensamiento. Todavía no soy poeta, ni escritor, quizás me pueden llamar aprendiz, tan sólo soy una mujer de ojos y odios grandes para quien el arte es una escapatoria a las cadenas de la sociedad, al secuestro de las ideas y los sueños, a la falta de tolerancia y respeto por la vida humana, al exceso de razonamiento, agresividad y estupidez. Soy nada más que Diana Carolina Daza Astudillo, sí, Daza, con “Z”, alguien un poco más libre, sin vendas en los ojos, sin ataduras en la memoria, sin dependencias absurdas y huecos en el corazón.
2008: Habito el bosque, esperando las sorpresas y los secretos que todavía aguardan por mí, tengo en las manos una libreta interminable de notas y montones de bolígrafos de colores. No tengo miedo, estoy ansiosa y quizás para molestia de algunos… todavía
… con una gran sonrisa en el rostro. Nos vemos en el 2009, si mi tiempo y destino nos lo permiten. Gracias.
miércoles, 19 de noviembre de 2008
LAS NIÑAS DE MIS OJOS...
Mi vida ha estado rodeada de mujeres, quizás por eso los pocos hombres que he conocido han sido tan especiales, encabezando la lista: mi padre, mi abuelo, mi tío, mis hermanos, primos y claro esta, mis contados amigos varones.
El poemario LAS NIÑAS DE MIS OJOS, es un poemario de no acabar, pues a donde quiera que vaya tendré el privilegio de conocer pensamientos e historias hermosas de mujeres de diversos rostros con distintas heridas. Sin participar de ningún movimiento feminista o ser homosexual, siempre me he considerado admiradora de la fuerza y la belleza femenina por lo mismo, he tratado (hasta donde más he podido) de evitar caer en la típica y lastimera actitud de una mujer que destroza el nombre y la reputación de las otras mujeres, sean cuales sean. En vez de destilar veneno sobre ellas me gusta admirarlas, aprender de sus vidas y luchas por más distintas que estas sean a las mías, escucharlas y sobretodo, respetarles sus diferencias y maneras de ver y pensar el mundo.
Aclaro, no por esto me salvo de caer en las garras de alguna y equivocarme o herir a una de ellas en algún punto del camino, soy un simple mortal y habito la realidad.
Quiero compartir con ustedes la dedicatoria de este poemario y algunos textos.
A todas aquellas que he y no he conocido
De las que he escuchado hablar y de las que he hablado
A las que he olvidado y a las que me han olvidado
A las que amo
A las que están por odiarme
A las que he visto crecer
A Diacaliza
A Ju
A Gladys
Y en especial a la que escribe, crece y habita mis ojos.
MUJER PIEL DE OLEO
Los ojos puestos en la nada
Levanta el pincel
Apunta
Y guiada por el llanto que escucha a su interior
Comienza dibujar un rostro escupiendo sapos.
Sólo ella conoce el umbral de ese rostro
Y sabe por que escupe sapos y no serpientes
Manchas verdes y rojas le roban la libertad a las formas
Mientras un par de cuchillos atraviesan los ojos del rostro
La figura se despide del recuerdo
Otra será la mujer, otra la nostalgia
Otro el latido que la ponga de nuevo frente al ventanal de madera y tela
Testigo de sus constantes alucinaciones.
SEGUNDO ACERCAMIENTO A LA NIÑA DE MIS OJOS
A la niña de mis ojos le gusta perderse
Caer de vez en cuando en manos asesinas
Bocas apretadas
Pensamientos malintencionados
Viajar por las calles
Y encontrar su inocencia abandonada en cada esquina.
Sus dudas
Escuchar canciones de amor y sentirse inmune
Otra
Dispersa en un aire que no le recuerda nada
Al que no le duele ya nada
Dormir con sus demonios sin cargarse sus culpas
Esperando que la noche termine sin afán de movimiento.
A la niña de mis ojos le gusta sentir que su amor es entendido
Sin ataduras
Ni promesas tontas
Le gusta sentirse cansada
Ausente
Dormida
Visitando un sueño sin voces
Tambores y algarabía.
A la niña de mis ojos le gustan las trasformaciones
Por eso no le teme al tiempo
A las arrugas
Las celdas
Próximas realidades que se avecinan.
MUJER DOLOR DE TANGO
A Ju,
Compañera de tiempo
Canciones
Y corazones rotos.
Con la voz quebrada como Malena
Ella también canta un tango
Con los ojos hinchados y el corazón remendado.
Cada respiro del bandoneón
le arranca un pedazo al alma
reviviendo al fantasma de mil nombres.
Acostumbrada a los secretos del olvido
recorre los lugares donde perdió la esperanza
esa de arder en la gloria
atada a la piel de aquel que con mate en bulìn
supo llevarla al abismo para luego soltarla.
Con la voz quebrada como Malena
ella despide un tango
mientras aplaza de nuevo el amor
y se traga la pasión para otro más valiente
uno de un solo rostro
que traiga en los labios en fuego de una milonga
y no la tristeza falsa de uno
que se cree tango.
OTRO POEMA A DIACALIZA
Aquella madrugada le pedimos agua a dios
No nos la dio
Quizás porque ya la habíamos bebido toda.
Atravesamos la música que nadie escucho
Y que se confundía con el galope de lluvia de Julio.
Mientras ella imaginaba nuestra libertad compartida
Yo creía escuchar carruajes con caballos fantasmas
Reímos
Y nos cuidados la espalda
Dejando nuestra gratitud en un abrazo que sólo Julieta recordara.
Junto a la recuerdo de la casa de siempre
Un pedazo de ciudad
Esa bogota desolada y peligrosa a las cinco de la mañana
Quedaron nuestras huellas de agua
El frió enterrado en los huesos
Y la esperanza de compartir la victoria.
Que se yo,
Basta decir que como siempre
Ese momento
Parecía el primero que pasábamos juntas.
El poemario LAS NIÑAS DE MIS OJOS, es un poemario de no acabar, pues a donde quiera que vaya tendré el privilegio de conocer pensamientos e historias hermosas de mujeres de diversos rostros con distintas heridas. Sin participar de ningún movimiento feminista o ser homosexual, siempre me he considerado admiradora de la fuerza y la belleza femenina por lo mismo, he tratado (hasta donde más he podido) de evitar caer en la típica y lastimera actitud de una mujer que destroza el nombre y la reputación de las otras mujeres, sean cuales sean. En vez de destilar veneno sobre ellas me gusta admirarlas, aprender de sus vidas y luchas por más distintas que estas sean a las mías, escucharlas y sobretodo, respetarles sus diferencias y maneras de ver y pensar el mundo.
Aclaro, no por esto me salvo de caer en las garras de alguna y equivocarme o herir a una de ellas en algún punto del camino, soy un simple mortal y habito la realidad.
Quiero compartir con ustedes la dedicatoria de este poemario y algunos textos.
A todas aquellas que he y no he conocido
De las que he escuchado hablar y de las que he hablado
A las que he olvidado y a las que me han olvidado
A las que amo
A las que están por odiarme
A las que he visto crecer
A Diacaliza
A Ju
A Gladys
Y en especial a la que escribe, crece y habita mis ojos.
MUJER PIEL DE OLEO
Los ojos puestos en la nada
Levanta el pincel
Apunta
Y guiada por el llanto que escucha a su interior
Comienza dibujar un rostro escupiendo sapos.
Sólo ella conoce el umbral de ese rostro
Y sabe por que escupe sapos y no serpientes
Manchas verdes y rojas le roban la libertad a las formas
Mientras un par de cuchillos atraviesan los ojos del rostro
La figura se despide del recuerdo
Otra será la mujer, otra la nostalgia
Otro el latido que la ponga de nuevo frente al ventanal de madera y tela
Testigo de sus constantes alucinaciones.
SEGUNDO ACERCAMIENTO A LA NIÑA DE MIS OJOS
A la niña de mis ojos le gusta perderse
Caer de vez en cuando en manos asesinas
Bocas apretadas
Pensamientos malintencionados
Viajar por las calles
Y encontrar su inocencia abandonada en cada esquina.
Sus dudas
Escuchar canciones de amor y sentirse inmune
Otra
Dispersa en un aire que no le recuerda nada
Al que no le duele ya nada
Dormir con sus demonios sin cargarse sus culpas
Esperando que la noche termine sin afán de movimiento.
A la niña de mis ojos le gusta sentir que su amor es entendido
Sin ataduras
Ni promesas tontas
Le gusta sentirse cansada
Ausente
Dormida
Visitando un sueño sin voces
Tambores y algarabía.
A la niña de mis ojos le gustan las trasformaciones
Por eso no le teme al tiempo
A las arrugas
Las celdas
Próximas realidades que se avecinan.
MUJER DOLOR DE TANGO
A Ju,
Compañera de tiempo
Canciones
Y corazones rotos.
Con la voz quebrada como Malena
Ella también canta un tango
Con los ojos hinchados y el corazón remendado.
Cada respiro del bandoneón
le arranca un pedazo al alma
reviviendo al fantasma de mil nombres.
Acostumbrada a los secretos del olvido
recorre los lugares donde perdió la esperanza
esa de arder en la gloria
atada a la piel de aquel que con mate en bulìn
supo llevarla al abismo para luego soltarla.
Con la voz quebrada como Malena
ella despide un tango
mientras aplaza de nuevo el amor
y se traga la pasión para otro más valiente
uno de un solo rostro
que traiga en los labios en fuego de una milonga
y no la tristeza falsa de uno
que se cree tango.
OTRO POEMA A DIACALIZA
Aquella madrugada le pedimos agua a dios
No nos la dio
Quizás porque ya la habíamos bebido toda.
Atravesamos la música que nadie escucho
Y que se confundía con el galope de lluvia de Julio.
Mientras ella imaginaba nuestra libertad compartida
Yo creía escuchar carruajes con caballos fantasmas
Reímos
Y nos cuidados la espalda
Dejando nuestra gratitud en un abrazo que sólo Julieta recordara.
Junto a la recuerdo de la casa de siempre
Un pedazo de ciudad
Esa bogota desolada y peligrosa a las cinco de la mañana
Quedaron nuestras huellas de agua
El frió enterrado en los huesos
Y la esperanza de compartir la victoria.
Que se yo,
Basta decir que como siempre
Ese momento
Parecía el primero que pasábamos juntas.
lunes, 3 de noviembre de 2008
La ciudad y sus fantasmas...
Amo mi cuidad. Amo sus peligros y sus trampas, amo su lluvia inagotable (como la de estas tardes), amo su misterio, su nostalgia, su gesto de tristeza, sus brazos largos, su corazón espinoso. Amo que de día sea una, una enamorada, dulce y trabajadora y de noche sea otra, otra casquivana, loca, confundida, melancólica y resbaladiza.
Por recomendación de alguien no quiero hacer muchas explicaciones sobre este poemario que lleva por titulo LA CIUDAD CABARET no quiero cortar “la magia” (gracias al lector que encontró este detalle, un abrazo para él) sólo tengo para decir que esta dedicado a la amante perfecta: mi ciudad, mi BOGOTÀ, cómplice de viaje, donde espero se apague mi sonrisa.
DESCENSO DE LAS ESCALINATAS
Inevitable no acercarse al amor calcinante,
Ese que te llama entre la multitud.
Imposible no admirarte,
No dejarse cegar por el veneno de tu calida rutina
No buscarte,
No dejarse seducir por tus labios agrietados
Por ese aliento irrespirable,
Casi podrido que sale de tu boca.
Te temo,
Te huyo,
Pero es màs fuerte la pasión que el miedo
Y al final siempre termino entregándome a la suerte de tus noches.
FRENTE A LA PLAZOLETA
¿Quién puede huir de lo que ama?
El orgullo frente al amor se deshace, se hace polvo.
Lo acepto, somos uno.
Enséñame a volar y perdámonos juntos.
I
El aire pesa, nos pesa,
Todo alrededor es un misterio de risas y copas
Los fracasos y los sueños se funden en el humo de cigarrillo
Formando una gran nube gris sin forma.
La ciudad se ha convertido en un cabaret:
Un cabaret sombrío, lleno de sorpresas.
Meseros, porteros, músicos y bailarines,
Se reúnen para acompañar sus soledades.
Todos buscan un trago, el reposo del cuerpo,
Ese golpe de suerte que les cambie la noche,
La vida entera.
II
Cuando el sol caiga
Todos habrán desaparecido,
Las puertas del cabaret se habrán cerrado
Las lentejuelas, las babas y el pinta labios quedarán en desorden,
Y porteros, bailarines, músicos, hombres y mujeres
Habrán olvidado el cansancio de sus pasos.
Porque en una ciudad como esta
Los demonios y las penas sólo salen en las noches.
LOS JUBILADOS
El reloj que descansa en la muñeca del hombre del frente, cantan la una. Una es la mesa de los jubilados; esos hombres de risa forzada que beben aguardiente con impaciencia mientras sueñan con dormir sobre las nalgas de las meseras.
Son cuatro. Cuatro cuerpos desbaratados por el tiempo buscando la salvación en el fondo de la botella, compartiendo el mal sabor que deja una vejez vacía, llena de temores.
RETORNO
Mucho fue el sufrimiento y mucha la soledad,
Muchas las noches de espejismos y de lágrimas y de fantasmas,
Muchas fueron las mentiras que me dije
Y que quemaron la inocencia
Y traicionaron la esperanza.
Con el tiempo las ganas de buscar el amor
Se desdibujaron y se perdieron entre tus calles.
Muchas veces me hice pedazos
Y de pedazo en pedazo me levante para continuar.
Hoy, cuando ya no es tristeza el amor
Y el miedo a estar solo ha desaparecido
Quiero nombrarte,
Para que tu nombre renazca en mis labios como la ciudad cabaret
El escenario perfecto donde combaten las pasiones
Donde el animal y el verso que habitan en mi
Encuentran espacio para correr.
DESPUÉS DEL DESAYUNO
A esta distancia te dejas amar,
Sin dudas que lastimen,
Sin temores que estorben.
Aquí no importan los ojos
Porque en la lejanía tú mirada no vulnera.
Te vez tranquila,
Medio dormida,
Pero aun así, todos sabemos del peligro de conocerte.
Por recomendación de alguien no quiero hacer muchas explicaciones sobre este poemario que lleva por titulo LA CIUDAD CABARET no quiero cortar “la magia” (gracias al lector que encontró este detalle, un abrazo para él) sólo tengo para decir que esta dedicado a la amante perfecta: mi ciudad, mi BOGOTÀ, cómplice de viaje, donde espero se apague mi sonrisa.
DESCENSO DE LAS ESCALINATAS
Inevitable no acercarse al amor calcinante,
Ese que te llama entre la multitud.
Imposible no admirarte,
No dejarse cegar por el veneno de tu calida rutina
No buscarte,
No dejarse seducir por tus labios agrietados
Por ese aliento irrespirable,
Casi podrido que sale de tu boca.
Te temo,
Te huyo,
Pero es màs fuerte la pasión que el miedo
Y al final siempre termino entregándome a la suerte de tus noches.
FRENTE A LA PLAZOLETA
¿Quién puede huir de lo que ama?
El orgullo frente al amor se deshace, se hace polvo.
Lo acepto, somos uno.
Enséñame a volar y perdámonos juntos.
I
El aire pesa, nos pesa,
Todo alrededor es un misterio de risas y copas
Los fracasos y los sueños se funden en el humo de cigarrillo
Formando una gran nube gris sin forma.
La ciudad se ha convertido en un cabaret:
Un cabaret sombrío, lleno de sorpresas.
Meseros, porteros, músicos y bailarines,
Se reúnen para acompañar sus soledades.
Todos buscan un trago, el reposo del cuerpo,
Ese golpe de suerte que les cambie la noche,
La vida entera.
II
Cuando el sol caiga
Todos habrán desaparecido,
Las puertas del cabaret se habrán cerrado
Las lentejuelas, las babas y el pinta labios quedarán en desorden,
Y porteros, bailarines, músicos, hombres y mujeres
Habrán olvidado el cansancio de sus pasos.
Porque en una ciudad como esta
Los demonios y las penas sólo salen en las noches.
LOS JUBILADOS
El reloj que descansa en la muñeca del hombre del frente, cantan la una. Una es la mesa de los jubilados; esos hombres de risa forzada que beben aguardiente con impaciencia mientras sueñan con dormir sobre las nalgas de las meseras.
Son cuatro. Cuatro cuerpos desbaratados por el tiempo buscando la salvación en el fondo de la botella, compartiendo el mal sabor que deja una vejez vacía, llena de temores.
RETORNO
Mucho fue el sufrimiento y mucha la soledad,
Muchas las noches de espejismos y de lágrimas y de fantasmas,
Muchas fueron las mentiras que me dije
Y que quemaron la inocencia
Y traicionaron la esperanza.
Con el tiempo las ganas de buscar el amor
Se desdibujaron y se perdieron entre tus calles.
Muchas veces me hice pedazos
Y de pedazo en pedazo me levante para continuar.
Hoy, cuando ya no es tristeza el amor
Y el miedo a estar solo ha desaparecido
Quiero nombrarte,
Para que tu nombre renazca en mis labios como la ciudad cabaret
El escenario perfecto donde combaten las pasiones
Donde el animal y el verso que habitan en mi
Encuentran espacio para correr.
DESPUÉS DEL DESAYUNO
A esta distancia te dejas amar,
Sin dudas que lastimen,
Sin temores que estorben.
Aquí no importan los ojos
Porque en la lejanía tú mirada no vulnera.
Te vez tranquila,
Medio dormida,
Pero aun así, todos sabemos del peligro de conocerte.
jueves, 23 de octubre de 2008
UN MERECIDO PÀRENTESIS
Esta semana, no sé porque razón en particular he estado recordando hechos pasados de mi vida. He desempolvado cartas, historias y recuerdos (todos buenos afortunadamente) pues tengo una memoria selectiva que sólo me permite conservar intactos los buenos recuerdos, ya que considero que es necesario, sino vital, aprender a olvidar los malos instantes, pues estos para lo único que sirven es para llenarnos de resentimientos y amarguras, un peso que nos estorba en el equipaje para el resto del viaje.
Gracias a este sentimiento de nostalgia que me ha abrazado por estos días, es que en esta ocasión quisiera dejar de lado los trabajos poéticos que traen las LIBRETAS LIBRO, para compartirles un cuento que esboce hace un tiempo y el cual, habla de un personaje que ya no esta entre nosotros. Un artista, un poeta, un gran hombre con el que todavía guardo un sin sabor de no haberlo conocido mejor. Me refiero a Luis Alejandro Galvis, algunos de ustedes quizá lo conocieron, para otros, este nombre pueda que no signifique mucho. El reencuentro con esta historia me sembró la idea de cuanto vamos perdiendo con el pasar del tiempo, de lo que fuimos no queda casi nada y de lo que somos ahora, quizás mañana ya no quede mucho (es inevitable este movimiento) y claro que la canción de las simples cosas tiene mucha razón: “el amor es simple y a las cosas simples las devora el tiempo “. Por ejemplo, mi pasión por ese “vivir cada día como si fuera el ultimo”, ya no arde como antes, el afán por construir nuevas cosas la han opacado. ¿Podemos llegar a cambiar tanto, que lo que antes nos hacia totalmente feliz, ahora nos estorba? ¿Tú, has pensado que has perdido y te gustaría recuperar? ¿O todo esta bien así?
LOS CUATRO BESOS DEL MAESTRO GALVIS
A Luís Alejandro Galvis,
Y a los camaradas de la F.C.T,
donde quiera que estén.
Dos, tres, cuatro, atrás. Decía el maestro Galvis mientras deslizábamos las suelas de los zapatos por el piso de madera en la casa de la Veinte con tercera. Dos, tres, cuatro, atrás. ¡Ay la casa!, como extraño el sonido de la cafetera. Un cigarrillo tras otro. No hay nada mejor que tomarse un café negro en buena compañía. Las goteras, “Nan” llegando del patio de atrás con un par de baldes. Ella siempre estaba pendiente de todo: El orden, las cuentas por pagar, los proyectos. Y las risas, los chascarrillos de “Casehì” eran magistrales, “Bogato y yo reíamos hasta el cansancio con ellos. En ese lugar pase los mejores días de mi vida, poco me importaba y casi todo me alegraba el alma. Dos, tres. Para hablar de “Nan”, de “Bogato” y de “Casehi” necesitaría màs tinta, màs tiempo. ¿Y Kasandra? A ella también la extraño. Siempre me han gustado los gatos. He tenido algunos; unos amarillos y otros negros, pero Kasandra era algo especial; era tímida y nerviosa. Yo nunca había visto un gato nervioso.
“Y es que sólo se puede extrañar lo que se ha amado sinceramente”, y a Kasandra, a la casa y a los amigos de aquel tiempo los ame con las entrañas, por eso los extraño tanto; casi siempre cuando tengo ganas de beber (porque en su mirada encontraba confianza y complicidad), o cuando quiero olvidar el cansancio que me produce la vida (porque cuando desplegaba mi angustia sobre la mesa, encontraba palabras de aliento, no de jueces, sino de verdaderos amigos). Al cruzar la puerta de aquel lugar, conocí la seducción de la palabra. Aprendí que los seres humanos somos frágiles, mitad instinto y mitad razón, que se puede acariciar y contemplar el fuego, sin quemarse. ¿Y las fiestas? ¡Ay las fiestas!, esas eran tan especiales como la gata. Los mismos con las mismas bebiendo hasta el amanecer escuchando las canciones de siempre, (si las paredes pudieran hablar seguro reclamarían nuestra presencia).
Cuando sé es joven, y sé está feliz, nada incomoda, se disfruta de los excesos. Es divertido caminar por la baranda de un puente con los ojos vendados, sin paracaídas.
El maestro visitó pocas fiestas. Él era un hombre educado y elegante. Una vez lo vì despeinado bailando rock and roll en la celebración del 20 de julio. Él era un hombre tranquilo, en verdad que era un buen tipo. Cuando te saludaba, te golpeaba con un abrazo y cuatro besos; dos en cada mejilla. ! Ay el maestro! Como se extrañan las cosas buenas y simples que se han perdido en el tiempo. “Y es que uno no sabe hasta cuando va a tener cerca a las personas que quiere, por eso hay que aprovechar cada instante, cada encuentro como si fuera el último”. De veras. Esto pasa. A mi me ha pasado y no ha sido nada fácil enfrentar tantas despedidas juntas.
Nunca le dije que sus ojos me parecían bonitos (dos, tres, cuatro), creo que por descuido mas que por vergüenza (dos, tres), porque siendo sincera, no me importa regalar halagos a quien los merece, si por mi fuera me la pasaría en esas; es tan reconfortante eso de reconocerle a la gente sus virtudes y talentos. ¿Entonces? ¿Por qué nunca le dije que sus ojos me parecían bonitos? Ya no sirve de nada, ya no puede escucharme. Tres, cuatro, atrás, tarantan, taran, tan, tan.
El maestro Galvis y yo no llegamos a ser los mejores amigos, cuando nos conocimos, él ya traía los suyos y yo los míos. Pero aún así recuerdo con mucho afecto los momentos que pasamos: Las sociedades de la palabra los viernes en la noche, el paseo en chiva, los festivales. Él es de esos hombres fáciles de conocer, pero difíciles de olvidar; esos amigos que uno deja escapar sin haberlos conocido mejor. Y cómo me duele reconocer esto ahora, ahora que no puedo devolver el tiempo. Lo último que supe fue que dejó un diario escrito en francés y una carta que comenzaba mas o menos así: “Si èsto se esta leyendo, es porque ya no existo, es porque ahora soy recuerdo”.
* * *
Ese miércoles, al salir de la biblioteca, me fui para el cafetín de la Catorce con tercera, el de las botellas de colores y posillos de barro. Un examen de Seminario Financiero me esperaba al final de la tarde. No había estudiado nada, y preferí leer sobre literatura Colombiana que analizar los activos y los pasivos del balance general de una empresa de frutas. Eran las 4:50pm. El recorrido del centro hasta la Facultad duraba una hora. La clase comenzaba a las 6:00pm. Sí, estaba sobre el tiempo, pero aún así decidí quedarme y tomarme lo de siempre. La vida luego me mostró que esa fue una buena decisión, porque de no haber sido así, ese encuentro casual no hubiese llegado nunca, no habríamos tenido la oportunidad de compartir la mesa, aquel sorbo de día. Y el calor de sus cuatro besos no se hubiesen estrellado en mis mejillas por última vez.
Gracias a este sentimiento de nostalgia que me ha abrazado por estos días, es que en esta ocasión quisiera dejar de lado los trabajos poéticos que traen las LIBRETAS LIBRO, para compartirles un cuento que esboce hace un tiempo y el cual, habla de un personaje que ya no esta entre nosotros. Un artista, un poeta, un gran hombre con el que todavía guardo un sin sabor de no haberlo conocido mejor. Me refiero a Luis Alejandro Galvis, algunos de ustedes quizá lo conocieron, para otros, este nombre pueda que no signifique mucho. El reencuentro con esta historia me sembró la idea de cuanto vamos perdiendo con el pasar del tiempo, de lo que fuimos no queda casi nada y de lo que somos ahora, quizás mañana ya no quede mucho (es inevitable este movimiento) y claro que la canción de las simples cosas tiene mucha razón: “el amor es simple y a las cosas simples las devora el tiempo “. Por ejemplo, mi pasión por ese “vivir cada día como si fuera el ultimo”, ya no arde como antes, el afán por construir nuevas cosas la han opacado. ¿Podemos llegar a cambiar tanto, que lo que antes nos hacia totalmente feliz, ahora nos estorba? ¿Tú, has pensado que has perdido y te gustaría recuperar? ¿O todo esta bien así?
LOS CUATRO BESOS DEL MAESTRO GALVIS
A Luís Alejandro Galvis,
Y a los camaradas de la F.C.T,
donde quiera que estén.
Dos, tres, cuatro, atrás. Decía el maestro Galvis mientras deslizábamos las suelas de los zapatos por el piso de madera en la casa de la Veinte con tercera. Dos, tres, cuatro, atrás. ¡Ay la casa!, como extraño el sonido de la cafetera. Un cigarrillo tras otro. No hay nada mejor que tomarse un café negro en buena compañía. Las goteras, “Nan” llegando del patio de atrás con un par de baldes. Ella siempre estaba pendiente de todo: El orden, las cuentas por pagar, los proyectos. Y las risas, los chascarrillos de “Casehì” eran magistrales, “Bogato y yo reíamos hasta el cansancio con ellos. En ese lugar pase los mejores días de mi vida, poco me importaba y casi todo me alegraba el alma. Dos, tres. Para hablar de “Nan”, de “Bogato” y de “Casehi” necesitaría màs tinta, màs tiempo. ¿Y Kasandra? A ella también la extraño. Siempre me han gustado los gatos. He tenido algunos; unos amarillos y otros negros, pero Kasandra era algo especial; era tímida y nerviosa. Yo nunca había visto un gato nervioso.
“Y es que sólo se puede extrañar lo que se ha amado sinceramente”, y a Kasandra, a la casa y a los amigos de aquel tiempo los ame con las entrañas, por eso los extraño tanto; casi siempre cuando tengo ganas de beber (porque en su mirada encontraba confianza y complicidad), o cuando quiero olvidar el cansancio que me produce la vida (porque cuando desplegaba mi angustia sobre la mesa, encontraba palabras de aliento, no de jueces, sino de verdaderos amigos). Al cruzar la puerta de aquel lugar, conocí la seducción de la palabra. Aprendí que los seres humanos somos frágiles, mitad instinto y mitad razón, que se puede acariciar y contemplar el fuego, sin quemarse. ¿Y las fiestas? ¡Ay las fiestas!, esas eran tan especiales como la gata. Los mismos con las mismas bebiendo hasta el amanecer escuchando las canciones de siempre, (si las paredes pudieran hablar seguro reclamarían nuestra presencia).
Cuando sé es joven, y sé está feliz, nada incomoda, se disfruta de los excesos. Es divertido caminar por la baranda de un puente con los ojos vendados, sin paracaídas.
El maestro visitó pocas fiestas. Él era un hombre educado y elegante. Una vez lo vì despeinado bailando rock and roll en la celebración del 20 de julio. Él era un hombre tranquilo, en verdad que era un buen tipo. Cuando te saludaba, te golpeaba con un abrazo y cuatro besos; dos en cada mejilla. ! Ay el maestro! Como se extrañan las cosas buenas y simples que se han perdido en el tiempo. “Y es que uno no sabe hasta cuando va a tener cerca a las personas que quiere, por eso hay que aprovechar cada instante, cada encuentro como si fuera el último”. De veras. Esto pasa. A mi me ha pasado y no ha sido nada fácil enfrentar tantas despedidas juntas.
Nunca le dije que sus ojos me parecían bonitos (dos, tres, cuatro), creo que por descuido mas que por vergüenza (dos, tres), porque siendo sincera, no me importa regalar halagos a quien los merece, si por mi fuera me la pasaría en esas; es tan reconfortante eso de reconocerle a la gente sus virtudes y talentos. ¿Entonces? ¿Por qué nunca le dije que sus ojos me parecían bonitos? Ya no sirve de nada, ya no puede escucharme. Tres, cuatro, atrás, tarantan, taran, tan, tan.
El maestro Galvis y yo no llegamos a ser los mejores amigos, cuando nos conocimos, él ya traía los suyos y yo los míos. Pero aún así recuerdo con mucho afecto los momentos que pasamos: Las sociedades de la palabra los viernes en la noche, el paseo en chiva, los festivales. Él es de esos hombres fáciles de conocer, pero difíciles de olvidar; esos amigos que uno deja escapar sin haberlos conocido mejor. Y cómo me duele reconocer esto ahora, ahora que no puedo devolver el tiempo. Lo último que supe fue que dejó un diario escrito en francés y una carta que comenzaba mas o menos así: “Si èsto se esta leyendo, es porque ya no existo, es porque ahora soy recuerdo”.
* * *
Ese miércoles, al salir de la biblioteca, me fui para el cafetín de la Catorce con tercera, el de las botellas de colores y posillos de barro. Un examen de Seminario Financiero me esperaba al final de la tarde. No había estudiado nada, y preferí leer sobre literatura Colombiana que analizar los activos y los pasivos del balance general de una empresa de frutas. Eran las 4:50pm. El recorrido del centro hasta la Facultad duraba una hora. La clase comenzaba a las 6:00pm. Sí, estaba sobre el tiempo, pero aún así decidí quedarme y tomarme lo de siempre. La vida luego me mostró que esa fue una buena decisión, porque de no haber sido así, ese encuentro casual no hubiese llegado nunca, no habríamos tenido la oportunidad de compartir la mesa, aquel sorbo de día. Y el calor de sus cuatro besos no se hubiesen estrellado en mis mejillas por última vez.
UN MERECIDO PARENTESIS
Esta semana, no sé porque razón en particular he estado recordando hechos pasados de mi vida. He desempolvado cartas, historias y recuerdos (todos buenos afortunadamente) pues tengo una memoria selectiva que sólo me permite conservar intactos los buenos recuerdos, ya que considero que es necesario, sino vital, aprender a olvidar los malos instantes, pues estos para lo único que sirven es para llenarnos de resentimientos y amarguras, un peso que nos estorba en el equipaje para el resto del viaje.
Gracias a este sentimiento de nostalgia que me ha abrazado por estos días, es que en esta ocasión quisiera dejar de lado los trabajos poéticos que traen las LIBRETAS LIBRO, para compartirles un cuento que esboce hace un tiempo y el cual, habla de un personaje que ya no esta entre nosotros. Un artista, un poeta, un gran hombre con el que todavía guardo un sin sabor de no haberlo conocido mejor. Me refiero a Luis Alejandro Galvis, algunos de ustedes quizá lo conocieron, para otros, este nombre pueda que no les signifique mucho. El reencuentro con esta historia me sembró la idea de cuanto vamos perdiendo con el pasar del tiempo, de lo que fuimos no queda casi nada y de lo que somos ahora, quizás mañana ya no quede mucho (es inevitable este movimiento) y claro que la canción de las simples cosas tiene mucha razón: “el amor es simple y a las cosas simples las devora el tiempo “. Por ejemplo, mi pasión por ese “vivir cada día como si fuera el ultimo”, ya no arde como antes, el afán por construir nuevas cosas la han opacado. ¿Podemos llegar a cambiar tanto, que lo que antes nos hacia totalmente feliz, ahora nos estorba? ¿Tú, has pensado que has perdido y te gustaría recuperar? ¿O todo esta bien así?
LOS CUATRO BESOS DEL MAESTRO GALVIS
A Luís Alejandro Galvis,
Y a los camaradas de la F.C.T,
donde quiera que estén.
Dos, tres, cuatro, atrás. Decía el maestro Galvis mientras deslizábamos las suelas de los zapatos por el piso de madera en la casa de la Veinte con tercera. Dos, tres, cuatro, atrás. ¡Ay la casa!, como extraño el sonido de la cafetera. Un cigarrillo tras otro. No hay nada mejor que tomarse un café negro en buena compañía. Las goteras, “Nan” llegando del patio de atrás con un par de baldes. Ella siempre estaba pendiente de todo: El orden, las cuentas por pagar, los proyectos. Y las risas, los chascarrillos de “Casehì” eran magistrales, “Bogato y yo reíamos hasta el cansancio con ellos. En ese lugar pase los mejores días de mi vida, poco me importaba y casi todo me alegraba el alma. Dos, tres. Para hablar de “Nan”, de “Bogato” y de “Casehi” necesitaría màs tinta, màs tiempo. ¿Y Kasandra? A ella también la extraño. Siempre me han gustado los gatos. He tenido algunos; unos amarillos y otros negros, pero Kasandra era algo especial; era tímida y nerviosa. Yo nunca había visto un gato nervioso.
“Y es que sólo se puede extrañar lo que se ha amado sinceramente”, y a Kasandra, a la casa y a los amigos de aquel tiempo los ame con las entrañas, por eso los extraño tanto; casi siempre cuando tengo ganas de beber (porque en su mirada encontraba confianza y complicidad), o cuando quiero olvidar el cansancio que me produce la vida (porque cuando desplegaba mi angustia sobre la mesa, encontraba palabras de aliento, no de jueces, sino de verdaderos amigos). Al cruzar la puerta de aquel lugar, conocí la seducción de la palabra. Aprendí que los seres humanos somos frágiles, mitad instinto y mitad razón, que se puede acariciar y contemplar el fuego, sin quemarse. ¿Y las fiestas? ¡Ay las fiestas!, esas eran tan especiales como la gata. Los mismos con las mismas bebiendo hasta el amanecer escuchando las canciones de siempre, (si las paredes pudieran hablar seguro reclamarían nuestra presencia).
Cuando sé es joven, y sé está feliz, nada incomoda, se disfruta de los excesos. Es divertido caminar por la baranda de un puente con los ojos vendados, sin paracaídas.
El maestro visitó pocas fiestas. Él era un hombre educado y elegante. Una vez lo vì despeinado bailando rock and roll en la celebración del 20 de julio. Él era un hombre tranquilo, en verdad que era un buen tipo. Cuando te saludaba, te golpeaba con un abrazo y cuatro besos; dos en cada mejilla. ! Ay el maestro! Como se extrañan las cosas buenas y simples que se han perdido en el tiempo. “Y es que uno no sabe hasta cuando va a tener cerca a las personas que quiere, por eso hay que aprovechar cada instante, cada encuentro como si fuera el último”. De veras. Esto pasa. A mi me ha pasado y no ha sido nada fácil enfrentar tantas despedidas juntas.
Nunca le dije que sus ojos me parecían bonitos (dos, tres, cuatro), creo que por descuido mas que por vergüenza (dos, tres), porque siendo sincera, no me importa regalar halagos a quien los merece, si por mi fuera me la pasaría en esas; es tan reconfortante eso de reconocerle a la gente sus virtudes y talentos. ¿Entonces? ¿Por qué nunca le dije que sus ojos me parecían bonitos? Ya no sirve de nada, ya no puede escucharme. Tres, cuatro, atrás, tarantan, taran, tan, tan.
El maestro Galvis y yo no llegamos a ser los mejores amigos, cuando nos conocimos, él ya traía los suyos y yo los míos. Pero aún así recuerdo con mucho afecto los momentos que pasamos: Las sociedades de la palabra los viernes en la noche, el paseo en chiva, los festivales. Él es de esos hombres fáciles de conocer, pero difíciles de olvidar; esos amigos que uno deja escapar sin haberlos conocido mejor. Y cómo me duele reconocer esto ahora, ahora que no puedo devolver el tiempo. Lo último que supe fue que dejó un diario escrito en francés y una carta que comenzaba mas o menos así: “Si èsto se esta leyendo, es porque ya no existo, es porque ahora soy recuerdo”.
* * *
Ese miércoles, al salir de la biblioteca, me fui para el cafetín de la Catorce con tercera, el de las botellas de colores y posillos de barro. Un examen de Seminario Financiero me esperaba al final de la tarde. No había estudiado nada, y preferí leer sobre literatura Colombiana que analizar los activos y los pasivos del balance general de una empresa de frutas. Eran las 4:50pm. El recorrido del centro hasta la Facultad duraba una hora. La clase comenzaba a las 6:00pm. Sí, estaba sobre el tiempo, pero aún así decidí quedarme y tomarme lo de siempre. La vida luego me mostró que esa fue una buena decisión, porque de no haber sido así, ese encuentro casual no hubiese llegado nunca, no habríamos tenido la oportunidad de compartir la mesa, aquel sorbo de día. Y el calor de sus cuatro besos no se hubiesen estrellado en mis mejillas por última vez.
Gracias a este sentimiento de nostalgia que me ha abrazado por estos días, es que en esta ocasión quisiera dejar de lado los trabajos poéticos que traen las LIBRETAS LIBRO, para compartirles un cuento que esboce hace un tiempo y el cual, habla de un personaje que ya no esta entre nosotros. Un artista, un poeta, un gran hombre con el que todavía guardo un sin sabor de no haberlo conocido mejor. Me refiero a Luis Alejandro Galvis, algunos de ustedes quizá lo conocieron, para otros, este nombre pueda que no les signifique mucho. El reencuentro con esta historia me sembró la idea de cuanto vamos perdiendo con el pasar del tiempo, de lo que fuimos no queda casi nada y de lo que somos ahora, quizás mañana ya no quede mucho (es inevitable este movimiento) y claro que la canción de las simples cosas tiene mucha razón: “el amor es simple y a las cosas simples las devora el tiempo “. Por ejemplo, mi pasión por ese “vivir cada día como si fuera el ultimo”, ya no arde como antes, el afán por construir nuevas cosas la han opacado. ¿Podemos llegar a cambiar tanto, que lo que antes nos hacia totalmente feliz, ahora nos estorba? ¿Tú, has pensado que has perdido y te gustaría recuperar? ¿O todo esta bien así?
LOS CUATRO BESOS DEL MAESTRO GALVIS
A Luís Alejandro Galvis,
Y a los camaradas de la F.C.T,
donde quiera que estén.
Dos, tres, cuatro, atrás. Decía el maestro Galvis mientras deslizábamos las suelas de los zapatos por el piso de madera en la casa de la Veinte con tercera. Dos, tres, cuatro, atrás. ¡Ay la casa!, como extraño el sonido de la cafetera. Un cigarrillo tras otro. No hay nada mejor que tomarse un café negro en buena compañía. Las goteras, “Nan” llegando del patio de atrás con un par de baldes. Ella siempre estaba pendiente de todo: El orden, las cuentas por pagar, los proyectos. Y las risas, los chascarrillos de “Casehì” eran magistrales, “Bogato y yo reíamos hasta el cansancio con ellos. En ese lugar pase los mejores días de mi vida, poco me importaba y casi todo me alegraba el alma. Dos, tres. Para hablar de “Nan”, de “Bogato” y de “Casehi” necesitaría màs tinta, màs tiempo. ¿Y Kasandra? A ella también la extraño. Siempre me han gustado los gatos. He tenido algunos; unos amarillos y otros negros, pero Kasandra era algo especial; era tímida y nerviosa. Yo nunca había visto un gato nervioso.
“Y es que sólo se puede extrañar lo que se ha amado sinceramente”, y a Kasandra, a la casa y a los amigos de aquel tiempo los ame con las entrañas, por eso los extraño tanto; casi siempre cuando tengo ganas de beber (porque en su mirada encontraba confianza y complicidad), o cuando quiero olvidar el cansancio que me produce la vida (porque cuando desplegaba mi angustia sobre la mesa, encontraba palabras de aliento, no de jueces, sino de verdaderos amigos). Al cruzar la puerta de aquel lugar, conocí la seducción de la palabra. Aprendí que los seres humanos somos frágiles, mitad instinto y mitad razón, que se puede acariciar y contemplar el fuego, sin quemarse. ¿Y las fiestas? ¡Ay las fiestas!, esas eran tan especiales como la gata. Los mismos con las mismas bebiendo hasta el amanecer escuchando las canciones de siempre, (si las paredes pudieran hablar seguro reclamarían nuestra presencia).
Cuando sé es joven, y sé está feliz, nada incomoda, se disfruta de los excesos. Es divertido caminar por la baranda de un puente con los ojos vendados, sin paracaídas.
El maestro visitó pocas fiestas. Él era un hombre educado y elegante. Una vez lo vì despeinado bailando rock and roll en la celebración del 20 de julio. Él era un hombre tranquilo, en verdad que era un buen tipo. Cuando te saludaba, te golpeaba con un abrazo y cuatro besos; dos en cada mejilla. ! Ay el maestro! Como se extrañan las cosas buenas y simples que se han perdido en el tiempo. “Y es que uno no sabe hasta cuando va a tener cerca a las personas que quiere, por eso hay que aprovechar cada instante, cada encuentro como si fuera el último”. De veras. Esto pasa. A mi me ha pasado y no ha sido nada fácil enfrentar tantas despedidas juntas.
Nunca le dije que sus ojos me parecían bonitos (dos, tres, cuatro), creo que por descuido mas que por vergüenza (dos, tres), porque siendo sincera, no me importa regalar halagos a quien los merece, si por mi fuera me la pasaría en esas; es tan reconfortante eso de reconocerle a la gente sus virtudes y talentos. ¿Entonces? ¿Por qué nunca le dije que sus ojos me parecían bonitos? Ya no sirve de nada, ya no puede escucharme. Tres, cuatro, atrás, tarantan, taran, tan, tan.
El maestro Galvis y yo no llegamos a ser los mejores amigos, cuando nos conocimos, él ya traía los suyos y yo los míos. Pero aún así recuerdo con mucho afecto los momentos que pasamos: Las sociedades de la palabra los viernes en la noche, el paseo en chiva, los festivales. Él es de esos hombres fáciles de conocer, pero difíciles de olvidar; esos amigos que uno deja escapar sin haberlos conocido mejor. Y cómo me duele reconocer esto ahora, ahora que no puedo devolver el tiempo. Lo último que supe fue que dejó un diario escrito en francés y una carta que comenzaba mas o menos así: “Si èsto se esta leyendo, es porque ya no existo, es porque ahora soy recuerdo”.
* * *
Ese miércoles, al salir de la biblioteca, me fui para el cafetín de la Catorce con tercera, el de las botellas de colores y posillos de barro. Un examen de Seminario Financiero me esperaba al final de la tarde. No había estudiado nada, y preferí leer sobre literatura Colombiana que analizar los activos y los pasivos del balance general de una empresa de frutas. Eran las 4:50pm. El recorrido del centro hasta la Facultad duraba una hora. La clase comenzaba a las 6:00pm. Sí, estaba sobre el tiempo, pero aún así decidí quedarme y tomarme lo de siempre. La vida luego me mostró que esa fue una buena decisión, porque de no haber sido así, ese encuentro casual no hubiese llegado nunca, no habríamos tenido la oportunidad de compartir la mesa, aquel sorbo de día. Y el calor de sus cuatro besos no se hubiesen estrellado en mis mejillas por última vez.
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